La ballena jorobada del báltico agoniza en la arena y hoy se juega su última carta
La ballena jorobada que lleva 27 días vagando por la costa alemana del Báltico respira una vez cada cuatro minutos y ya no canta. Su silencio es el peor de los augurios. Este lunes, cuando la pleamar levante el nivel del mar veinte centímetros, el animal tendrá una última oportunidad de zambullirse hacia el mar del Norte y desaparecer. Si falla, los biólogos ya no hablarán de rescate, sino de eutanasia.
El animal que se nieva a rendirse
Burkard Baschek, oceanógrafo del Museo Alemán del Mar, odia la expresión “intento desesperado”. Prefiere hablar de “tarde decisiva”. A las 16:37 horas, la marea alcanzará su punto álgido en Wismar y, con ella, una corriente de esperanza. Los equipos de rescate no intervendrán. Han decidido “dejarla en paz”, convencidos de que cualquier maniobra la desgastaría más. La ballena, flaca y con la piel cuarteada por el sol del Báltico, deberá encontrar por sí misma el canal profundo que la lleve a aguas abiertas.
El domingo, cuando el agua descendió, el cetáceo quedó a la vista de los curiosos. Alguien lanzó una toalla sobre su lomo como si se tratara de un gesto de consuelo. Till Backhaus, ministro de Medio Ambiente de Mecklemburgo-Antepomerania, lo vio desde la duna y sintió un nudo en la garganta: “Respira cada cinco minutos y sus llamadas se apagan. Es como si hablara en susurros”.

Una odisea que empezó con un error de gps
La ballena llegó el 3 de marzo a la bahía de Lübeck, 1.500 kilómetros al norte de su ruta habitual. Los expertos creen que siguió un enjambre de krill desviado por las corrientes cálidas del Atlántico. El cetáceo, joven y sin experiencia, se coló por el estrecho de Kattegat y quedó atrapado en el Mar Báltico, un estanque demasiado poco salado para su metabolismo.
El jueves pasado, una draga abrió un túnel de arena de 180 metros. La ballena salió flotando, pero en lugar de dirigirse hacia el Skagerrak se enredó de nuevo en las marismas de Wismar. Desde entonces, nada en círculos. Los sonares detectan que su latido se ha ralentizado hasta 4 pulsos por minuto, la mitad de lo normal.
La frontera entre el milagro y la biología
A las 15:00 horas, los voluntarios retiraron las vallas. Un silencio tenso cubrió la playa. Las cámaras de televisión apuntaron al agua como si el mar fuera a dar un parte médico. Baschek, con la gorra de lana calada hasta las cejas, murmuró: “Si no se va con esta pleamar, su cuerpo decidirá por ella”.
La ballena ha perdido el 18 % de su peso. Su capa de grasa, que en condiciones normales mediría 15 centímetros, ya no alcanza los 7. Los veterinarios han descartado la sedación: su sistema renal colapsaría. La alternativa, un remolcador, chocaría con la ley alemana que prohíbe tocar cetáceos varados salvo que estén en peligro inminente de muerte. El peligro es hoy, pero el contacto sería la sentencia.
En el muelle de Wismar, un grupo de niños ha escrito con tiza sobre el cemento: “Nadie se rinde”. La frase se borrará con la marea, como la última oportunidad de la ballena. Si esta tarde la bestia no desaparece en el horizonte, los expertos se reunirán a las 22:00 para firmar el acta de eutanasia. La costa alemana del Báltico prepara entonces un silencio más largo: el de una especie que, por primera vez, no cantará su regreso.
