La colección gelman no se vendió: lo que el escándalo no contaba
Hay colecciones que no son solo arte. Son memoria. Y cuando circula el rumor de que esa memoria está a punto de cruzar la frontera sin billete de vuelta, el ruido político se come la realidad. Eso es exactamente lo que ocurrió con la colección Gelman, uno de los acervos de pintura moderna mexicana más completos que existen, y que este lunes obligó a la secretaria de Cultura, Claudia Curiel de Icaza, a salir a desmentir versiones que llevan semanas circulando en redes sociales.
La acusación que obligó al gobierno a hablar
La versión que se extendió como pólvora era simple y efectiva: el gobierno estaba permitiendo que la colección Gelman se vendiera a manos extranjeras. Falso, dijo Curiel de Icaza en la conferencia matutina del 30 de marzo. Falso, repitió la presidenta Claudia Sheinbaum, que calificó la información de desinformación deliberada orquestada para desacreditar a la administración. El problema con los desmentidos es que llegan tarde. El daño narrativo ya estaba hecho.

Qué es realmente la colección gelman
Conformada en la década de 1940, la colección reúne más de 200 obras de figuras que no necesitan presentación: Frida Kahlo, Diego Rivera, José Clemente Orozco, María Izquierdo, David Alfaro Siqueiros. No es un inventario de pinturas. Es un relato visual de lo que México decidió ser en el siglo XX. Pertenece a coleccionistas privados mexicanos, y ahí está el matiz que muchos pasaron por alto.
Que sea privada no la deja desprotegida. Al menos 30 de sus piezas cuentan con declaratoria de monumento artístico, una figura legal que, en términos prácticos, significa que nadie puede sacarlas del país de forma permanente. Ni venderlas al extranjero. Ni retenerlas fuera de México más allá de lo que la ley permite.

El banco que gestiona, no que compra
Uno de los puntos que más confusión generó fue la participación de una entidad bancaria en la gestión del acervo. Curiel de Icaza fue clara: esa participación se limita al aseguramiento, la conservación y la organización de exposiciones internacionales. No hay adquisición. No hay transferencia de propiedad. La colección sigue siendo mexicana. Lo que hay es un convenio de acompañamiento técnico por cinco años, una fórmula habitual en la gestión de patrimonio privado de esta envergadura.
Treinta salidas al extranjero desde 2010, y nadie dijo nada
Lo que resulta llamativo es que la colección ha viajado fuera del país más de 30 veces desde 2010, siempre con permisos oficiales y siempre regresando. La ley de aduanas obliga a que las obras retornen a México cada dos años, y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) supervisa tanto el estado de las piezas como su devolución. Nada de esto es nuevo. Lo nuevo es que ahora hay un contexto político que convierte cada movimiento del acervo en combustible para el debate.
La proyección actual indica que, tras su exhibición en el Museo de Arte Moderno, la colección saldrá nuevamente del país y regresará en 2028. Una ausencia larga, sí. Pero legal, documentada y supervisada.
Casi veinte años sin verse en méxico
Hay algo que el escándalo sí puso sobre la mesa, aunque nadie lo celebró como debería: la colección lleva casi dos décadas sin exhibirse en el país. Esta muestra en el Museo de Arte Moderno, que se extenderá hasta julio, es su regreso. El gobierno lo enmarca dentro de la oferta cultural vinculada al Mundial de Fútbol, apostando por atraer turismo internacional con algo más que estadios.
Que una colección de esta magnitud haya estado prácticamente invisible para el público mexicano durante veinte años es, en sí mismo, una historia que merecía contarse mucho antes que el escándalo de su supuesta venta. Ahora que el ruido político la ha sacado a la luz, al menos los mexicanos pueden ir a verla. Eso, aunque sea por las razones equivocadas, no es poca cosa.
