La cumbre de yeda reúne a los tres hombres que pueden parar la guerra en irán

El avión real jordano aterrizó a las 11:23. Trece minutos después, el Airbus A340 catarí tocaba la misma pista. En menos de media hora, Abdalá II y Tamim bin Hamad Al Thani atravesaban el tapiz de alfomnas rojas que conducía al palacio de Yeda, donde Mohamed bin Salmán les esperaba con la mano tendida y el ceño fruncido. Nadie había anunciado la reunión. Nadie ha explicado aún su orden del día. Pero el silencio dice mucho cuando el Golfo respira por un hilo.

Una llamada que llega desde islamabad

Mientras los tres herederos tomaban café árabe en terrazas blindadas, a 2.800 kilómetros los ministros de Exteriores de Arabia Saudí, Turquía, Egipto y Pakistán cerraban la primera sesión de su propio consejo de guerra. El objetivo: diseñar una desescalada que Washington no parece dispuesto a pilotar. La hoja de ruta es simple aunque suene a improvisación: presionar a Irán sin romper el diálogo, ofrecer a Teherán una salida que no parezca rendición, convencer a la Casa Blanca de que cada misil iraní que despegue abre una brecha para China y Rusia en el estrecho de Ormuz.

El mensaje que llevan Abdalá y Tamim es el mismo que escucharon ayer en Pakistán: si la guerra se alarga, los jeques del Golfo pagarán el pato. Desde el 28 de febrero, Irán ha bombardeado 17 bases estadounidenses y tres terminales petroleras saudíes. El crudo de Brent ya cotiza con un premio de riesgo de 6,40 dólares. El gas natural licado —el oro azul de Catar— ha subido un 22 % en dos semanas. La calculadora del Tesoro saudí estima que cada día de conflicto cuesta 700 millones de dólares en exportaciones perdidas y seguros impagables.

El príncipe heredero que no puede fallar

El príncipe heredero que no puede fallar

Mohamed bin Salmán sabe que su test de fuego llega antes que el de sus primos. A sus 38 años ya amortizó el asesinato de Khashoggi, la guerra de Yemen y el encarcelamiento de cientos de príncipes en el Ritz. Pero esta vez el enemigo no está al otro lado del mar Rojo; lo lleva dentro: un millón de yemeníes que trabajan en Aramco, un ejército de jóvenes saudíes que estudian en Teherán y un clero que recuerda que la mezquita de la Meca queda a 1.200 km de los misiles iraníes.

En la sala de mármol blanco donde se celebra la cumbre hay tres terminales de móvil sobre la mesa. Uno es de Abdalá, que monitoriza los vuelos de la RAF sobre Siria. Otro es de Tamim, que recibe cada hora el precio del gas en Asia. El tercero es de MbS, que controla los bots de Twitter que han convertido la etiqueta #IranTerrorista en trending topic en árabe, inglés y español. Ninguno de los tres ha traído secretarios. No hacen falta: la diplomacia del Golfo se negocia en WhatsApp y se firma en Instagram.

El reloj que corre hacia julio

Detrás de los cortinajes, los analistas de la CIA han colgado un calendario. El 15 de julio expira la resolución de la ONU que autoriza el embargo de armas a Irán. Si antes de esa fecha Washington no consigue una tregua, Moscú y Pekín desbloquearán la venta de cazas Su-35 y misiles hipersónicos al régimen de los ayatolás. La Casa Blanca ha ofrecido a los saudíes un escudo antimisiles THAAD gratis y 20.000 millones en armas. El truco: el Congreso estadounidense exige que Riad normalice relaciones con Israel antes de firmar. Traducción: reconocer a Jerusalén para salvar a Teherán.

La reunión de Yeda se alargó tres horas y cuarto. A la salida, los tres monarcquas posaron para la foto de rigor sin sonreír. En el comunicado de dos líneas no aparecía la palabra Irán. Tampoco la palabra paz. Solo un sustantivo: «estabilidad». Detrás de ellos, el sol se ponía sobre el mar Rojo y los barcos petroleros encendían motores. Cada uno sabía que la próxima vez que se vean podría ser en una cumbre de guerra. O en un funeral de Estado.