La embajada de ee.uu. reabre en caracas y los primeros visados ya tienen olor a petróleo
La bandera de los Estados Unidos flameó de nuevo este lunes en la avenida Francisco de Miranda. No fue un simple protocolo: fue el ruido sordo de una cerradura que se abre después de seis años de puerta en cal. Mientras los obreros retiraban lonas y engrasaban cerraduras, la ONG Laboratorio de Paz publicaba un tuit demoledor: «Venezuela recuperará pronto la democracia y la soberanía del pueblo». La frase suena a deseo, pero detrás hay un contrato sin firma: petróleo a cambio de oxígeno.
El edificio que ya no es embajada, es termómetro
Laura Dogu aterrizó en enero con la etiqueta de «encargada de negocios», pero su maleta traía instrucciones de CEO. El Departamento de Estado habla de «restaurar el edificio» como si fuera una casa abandonada, lo que omite es que el inmueble nunca dejó de ser espía: cables de fibra óptica tendidos sobre tejados, antenas satelitales disfrazadas de aires acondicionados, un sótano que los vecinos juraban que palpitaba desde 2019. Ahora los albañiles retiran planchas de yeso y descubren sellos de la República Bolivariana que nadie se molestó en arrancar. La metáfora es burda: para reconstruir hay que primero dejar ver la grieta.
Los servicios consulares regresarán «cuando la pintura esté seca», dicen. Pero la cola de la calle Yañez ya empieza a formarse: jóvenes con pasaportes por vencer, empresarios con maletines llenos de papeles que necesitan sello gringo para poder vender oro en Miami. La embajada no ha abierto aún, pero el mercado negro de citas ya funcionaba en Telegram: 400 dólares por un turno, 1 200 si incluye visa B1/B2. Lo que nadie cuenta es que el primer lote de citas ya se repartió en la Casa de América de Madrid, donde delegados de Rodríguez firmaron la agenda de vuelos charter. La diplomacia es un casino y la banca siempre gana.

Captura y contracaptura: el día que maduro se convirtió en moneda de cambio
El 3 de enero, cuando un comando de la DEA se llevó a Nicolás Maduro por la puerta de servicio del aeropuerto La Carlota, muchos creyeron ver un final. Se equivocaron: fue el piloto. Trump necesitaba una foto para Florida y Rodríguez una excusa para sentarse a negociar sin parecer derrotada. El intercambio fue rápido: el petróleo de Pdvsa por la llave del Kremlin que Venezuela nunca supo usar. Ahora los barcos de Chevron flanquean el golfo de Paria mientras el gobierno de caracas anuncia «soberanía energética» en cadenas nacionales. La ironía es tan deliciosa que hasta el dólar paralelo se detuvo un segundo para aplaudir.
Laboratorio de Paz pide que la agenda se amplíe a migración y derechos humanos. Lo dicen con la serenidad de quien sabe que la frontera colombiana ya recibe 2 000 venezolanos diarios y que los cuarteles de Fuerte Tiuna tienen las celdas llenas de presos políticos que nunca figurarán en el parte diplomático. La ONG redacta documentos, pero el viento de la avenida Miranda se los lleva. La democracia, esa palabra que usan los think tank de Washington como si fuera un producto de exportación, huele hoy a pintura fresca y a gasolina subsidiada.
La embajada reabrirá sus puertas en mayo, justo a tiempo para la temporada de huracanes. Cuando eso ocurra, los primeros visados llevarán en la solapa una gota de crudo ligero de Monagas. Los funcionarios lo llamarán «cooperación energética». Los venezolanos de a pie lo llamarán «el día que vendimos la bomba de gasolina por un pasaporte». El reloj de la avenida Miranda marcará las 8:00 am y alguien, en la cola, susurrará que la soberanía ya no duele si la anestesia es verde y tiene cara de Franklin.
