La empresa desmantelada: 48 horas para cerrar el círculo de sangre en matías romero
Cinco gatillos callaron. Cinco detenidos. Cuatro cadáveres sobre el piso de un bar de carretera y un nombre que los vecinos de Matías Romero susurraban con la misma mezcla de miedo y resignación: La Empresa. La Fiscalía de Oaxaca necesitó menos de dos días para convertir ese susurro en una lista de imputados.
El viernes 27, minutos antes de la medianoche, dos SUV estacionaron frente al expendio de cervezas “El Sótano”. El primer disparo sonó como petardo; el último, como silencio. Cuando cesó el estruendo, “Soto”, “Tamalito”, “Pelón” y “El Garnachitas” ya no respondían a sus apodos: eran números en la morgue de Juchitán. El motivo: control de la plaza que comunica la Istmo con la costa del Golfo.
El velir y sus perros: así opera la empresa
La organización no es nueva. Nació en 2019 cuando fragmentos del Cartel del Golfo se refugiaron en la región y encontraron oro negro: cobro de piso a migrantes, huachicol y la ruta que alimenta el puerto de Coatzacoalcos. José Francisco T. V., alias “El Perro” o “El Razita”, se encargó de ponerle cara de Hidalgo al negocio; su jefe, el fantasma conocido como “El Velir”, aún no tiene rostro oficial.
La detención de los cinco soldados de La Empresa —todos menores de 30 años— revela un patrón que se repite en Oaxaca: células jóvenes, armamento gringo, y un WhatsApp que late más rápido que los radios policiacos. En los teléfonos incautados aparecen listas de “cuotas” por kilo de mariguana y tarifas por dejar pasar una caravana de cubanos. La violencia no es un efecto colateral; es el producto.

La noche que se incendió el istmo
Mientras los cuerpos aún sangraban en Matías Romero, otro comando irrumpió en La Venta, Juchitán: tres muertos, una niña de seis años entre ellos. La Fiscalía insiste en que los hechos no están vinculados; los testimonios apuntan a una misma consigna: sembrar terror para cobrar sin discusión. El MULT (Movimiento de Unificación y Lucha Triqui) lo sintió en carne propia: dos de sus activistas comían garnachas cuando llegó la ráfaga. Su comunicado es una acusación directa: “El Estado nos usa como escudos y luego nos entierra en estadísticas”.
El operativo que culminó con los arrestos fue una coreografía de la Vicefiscalía Istmo, infantería de Marina y el 103 Batallón del Ejército. Entraron de madrugada, sin disparar. En una de las casas encontraron un cuarto tipo “oficina”: pizarra con nombres, cuentas de lavado y un refrigerador lleno de cerveza sin etiqueta. El mensaje estaba grabado con cuchillo en la puerta: “Aqui no se perdona”.

Matías romero, la caja de resonancia del narco
La estación del tren ya no existe; la vía férrea es un caminito de herrumbre que termina en la carretera 185. Aún así, el pueblo sigue siendo cruce obligado. Quien controla Matías controla la mercancía que fluye desde Veracruz hacia el puerto chiapaneco de Salina Cruz. La Empresa lo sabía y lo ejercía: cobraban 100 pesos por cajetilla de cigarros de contrabando y 5 000 por dejar pasar un camión de ganado. El alcalde, Fredy Marroquín, lleva dos semanas sin dar la cara; su oficina fue objeto de uno de los cateos, aunque no aparece en la lista oficial.
La semana pasada, antes de la masacre, el agente municipal de Tierra Blanca, Alfredo Ramírez Díaz, recibió nueve balazos cuando salía de su casa. Su muerte también se la adjudican a La Empresa: quería reabrir la plaza que comunica con Matías. La cadena es clara: territorio, impunso, muerte. Y la reacción oficial siempre llega cuando ya no hay nada que rescatar.
Los cinco detenidos ya están en el penal de Tlaxiaco, separados para evitar que se coordinen. La Fiscalía presume 30 años de cárcel por cada homicidio; los abogados defensores advierten que la prueba clave son los videos de seguridad que nadie ha visto. Mientras tanto, el expendio “El Sótano” abrió de nuevo: mismas mesas de formica, mismo olor a cerveza rancia, mismo silencio cuando se menciona La Empresa. El dueño instaló una cámara nueva. “Pa’ que no se nos olvide”, dice, y pide la cuenta antes de que anochezca.
