La explosión que despertó a almuñécar: un hotel vacío de muertos, lleno de preguntas

La Semana Santa en la costa granadina tenía el color del humo negro que brotó a las 13:07 de la azotea del hotel Olas. Cuarenta turistas comían gambas en la playa cercana cuando un estruendo seco —una detonación que los vecinos describen como «un trueno dentro del pecho»— desplazó la pared sur de la quinta planta y lanzó cascotes hasta el Callejón del Silencio. En el interior del edificio, el 60 % de las habitaciones estaban ocupadas; en la planta cero, el conductor del camión cisterna de propano sangraba por la cabeza mientras el fuego lamía las válvulas que él mismo había venido a recargar.

El milagro que nadie pidió

Juan José Ruiz Joya, alcalde de Almuñécar, repite la palabra «milagro» cada vez que un micrófono se le acerca. La estadística lo desmiente: en los últimos diez años, la Guardia Civil ha contabilizado 47 accidentes por manipulación de gas butano en hostelería andaluza; en 41 de ellos hubo heridos, en 6 muertos. La diferencia este mediodía fue un margen de minutos: la 512, la habitación contigua a la caldera, había sido desocupada a las 11:43 por una pareja de Bilbao que decidió adelantar el check-out para alcanzar una procesión en Motril. «Si se despistan, hoy estamos hablando de otra cosa», susurra un capitán de Protección Civil mientras ata la cinta amarilla que cierra la avenida de Europa.

Los TEDAX-NRBQ llegaron con trajes que parecían de otro planeta y detectores que crujen como walkies en la luna. No buscan bombas: buscan fugas que aún pudieran convertir el edificio en una caja de cerillas. Su conclusión preliminar, a la que ha tenido acceso este diario, apunta a una válvula de retención mal anclada y una conducción interna que llevaba tres años sin revisión completa. El informe definitivo tardará meses, pero el olor a gas que aún flota en la entrada principal ya ha dejado de ser un aviso para convertirse en evidencia.

El negocio que huele a pólvora

El negocio que huele a pólvora

El hotel Olas factura 2,3 millones al año en temporada alta; esta semana, con el 60 % de ocupación, debería haber ingresado 34.000 euros diarios. Ahora el dinero se escapa por la misma grieta que dejó la explosión: 40 familias trasladadas a otros alojamientos, reservas canceladas hasta junio, una planta superior que hay que derribar y reconstruir. El seguro de Responsabilidad Civil cubre 18 millones, pero la cláusula de mantenimiento exige pruebas de revisión anual. El gerente, José Miguel García, no las encuentra. «Se hacían las que marca la ley», dice; la ley, en este caso, exige cada cinco años. La multa puede superar los 300.000 euros, la mitad de lo que le costaría levantar de nuevo la quinta planta.

En la calle, los turistas desplazados fuman sentados sobre sus maletas como quien espera un autobús que no llega. Un niño alemán pregunta si «el hotel explotará otra vez». Su madre no responde; mira el móvil y recalcula: han perdido dos días de playa, 180 euros en entradas al parque acuático y la ilusión de una Semana Santa sin incidentes. La cadena de compensaciones que empezó el ayuntamiento anoche se parece a un dominó: el San Cristóbal ha ofrecido 22 habitaciones, el Bahía 15, el Victoria 8. Quedan cinco familias por alojar y la lista de espera crece a cada hora que pasa.

El conductor herido, un gaditano de 42 años que llevaba diez meses en la empresa, salió del quirófano pasadas las 20:00 con trece puntos en el cuero cabelludo y un timpano perforado. En Motril, la doctora que le atendió confiesa que «lo que más le duele es la culpa: cree que pulsó algo que no debía». La culpa, sin embargo, flota como el humo: se posa sobre la empresa distribuidora que subcontrataba el servicio, sobre la propiedad del hotel que aplazó la inspección, sobre la administración que no multó antes. El juez de instrucción ha abierto diligencias por un delito de lesiones por imprudencia grave; si la acusación prospera, las penas oscilan entre seis meses y cuatro años. La cifra habla por sí sola: cada año mueren en España más personas por explosiones de gas que por atentados terroristas.

Al anochecer, los bomberos retiran la últera manguera y la calle huele a mar salado mezclado con cordita quemada. El hotel Olas, con sus balcones de colores y su cartel de neón que aún parpadea «Bienvenidos», se alza como un esqueleto sonriente: la fachada intacta, la espalda rota. Dentro de unos días, cuando los turistas vuelvan a subir la maleta al ascensor, pocos recordarán el agujero que dejó la explosión. Pero en la azotea, la brisa sigue llevándose fragmentos de yeso que caen al patio interior como confeti negro. Nadie ha dicho cuándo podrán regresar los huéspedes; nadie se atreve a prometer que no habrá otra detonación. La Semana Santa de Almuñécar acaba de encontrar su propio misterio: no el de la resurrección, sino el de una grieta que nadie quiso ver hasta que estalló.