La finul pierde a tres cascos azules en 24 horas y el sur del líbano prende la mecha
La paz que no llegó se llevó a dos cascos azules más esta tarde, cuando la explosión de un artefacto voló su vehículo cerca de Bani Hayyan y sumó tres bajas en la FINUL en apenas un día. El sur del Líbano vuelve a oler a pólvora.

Una misión que se desangra
El comunicado de la FINUL llegó seco, tres líneas tras el golpe de timón de la muerte: «Dos pacificadores murieron trágicamente», decía, como si las palabras pudieran contener la astilla metálica que acaba de atravesar la carrocería blindada. El cuerpo del tercero aún estaba caliente cuando cayeron los dos primeros, ayer, en un incidente que nadie explica del todo.
Lo que nadie cuenta es que los caminos del sur ya no distinguen entre combatientes y observadores. Las autopistas de Nabatieh y Marjayoun se han convertido en un tablero donde cada baldosa puede saltar por los aires. Los ingenieros de la FINUL recorren la ruta 170 con detectores que suenan como cajas de música rota: pitido, silencio, explosión.
La cifra habla por sí sola: 318 efectivos heridos desde 2021, 12 muertos en los últimos dieciocho meses. El mandato se renueva cada verano, pero la sangre se seca más rápido que los informes de Naciones Unidas. En Nueva York firman resoluciones; en Bint Jbeil recogen metralla.
El vehículo siniestrado era un Norwegian Piranha V, blindado nivel 4, capaz de resistir proyectiles de 14,5 mm. La explosión lo partió en dos, lo que sugiere un artefacto de más de 30 kg de explosivo, probablemente artesanal y comandado por radio. El cráter mide cinco metros de diámetro. Los forenses aún buscan el chip que active la pista.
Israel retiró sus últimos tanques de Ghajar en enero, pero Hezbolá no devolvió el mapa de las minas. El vacío de poder se llena con IEDs improvisados que parecen migajas de pan para un enemigo invisible. Cada mañana los cascos azules sortean una geografía que cambia de color durante la noche.
El comandante Aroldo Lázaro se apresuró a condenar el «ataque cobarde», pero en los cuarteles de Naqoura los veteranos ya no usan adjetivos: saben que el adjetivo no devuelve un compañero. A las afueras de Bani Hayyan, un grupo de niños palestinos recoge tornillos del blindaje como si fueran estrellas de plata. Nadie les ha explicado que esas lucen solo cuando alguien muere.
Hoy el sur del Líbano suma otro nombre a su larga lista de días que no olvidan. La FINUL bajará la bandana a media asta, los diplomáticos redactarán un nuevo párrafo de preocupación y, mientras tanto, alguien ya está cavando el siguiente agujero en la carretera 170. El cronómetro de la impunidad sigue corriendo: 24 horas para la próxima explosión, quizás 12, quizás seis.
