La fortuna se tiñó de plomo: seis muertos tras confundir a los clientes con el dueño del billar

La noche del sábado cayó como una losa de plomo sobre La Fortuna, un barrio dormido de Quinsaloma, en Los Ríos. A las 22:00, cuando el billar aún olía a cerveza caliente y humo de fritanga, irrumpieron los sicarios. Buscaban al dueño. No estaba. Entonces vaciaron los cargadores contra quienes sí estaban: seis cuerpos sobre el piso de cemento, dos heridos que aún luchan por respirar y 77 casquillos que la Policía recogió como si fueran piezas de un rompecabezas imposible de armar.

El ataque duró menos de dos minutos. Fue suficiente para que el local pasara de ser un refugio de domingo a una escena de guerra. Las víctimas —clientes habituales, trabajadores de la chacra, un muchacho que venía a cobrar una apuesta— no tenían ficha. Ni una. Eran la clase de gente que en los papeles oficiales no existe, pero que en la geografía del miedo ya tiene nombre propio: daño colateral.

Los ríos, provincia bajo toque de queda y fuego cruzado

Desde el 15 de marzo, Los Ríos, Guayas, El Oro y Santo Domingo de los Tsáchiles viven un toque de queda nocturno que nadie respeta. La medida, pensada para contener a las bandas que el presidente Noboa bautizó como “terroristas”, se volvió un papel mojado. La noche del crimen, el último día del estado de excepción, los asesinos entraron y salieron como si la calle fuera suya. La cifra habla por sí sola: 9.300 homicidios en 2025, récord absoluto en un país que lleva dos años declarado “zona de conflicto armado interno”.

La Fortuna no es un pueblo, es un cruce de tierra con dos bares, una iglesia evangélica y una cancha de fútbol. El billar funcionaba como la sala de estar del sector. Ahí se resolvían deudas de chacra, se celebraban cumpleaños y se negociaban noviazgos. Ahora el lugar huele a lejía y a pólvora. Los vecinos cerraron con candado las puertas de sus casas. El miedo se come la calle principal antes de las seis de la tarde.

El dueño ausente, el objetivo que se escapó

El dueño ausente, el objetivo que se escapó

Los investigadores creen que el atentado obedecía a una deuda de protección. El dueño, un hombre de 48 años conocido como “El Gato”, había recibido amenazas escritas en servilletas y mensajes de voz en WhatsApp. Nadie en el pueblo quería saber de quién. El Gato no estaba esa noche: se había ido a Babahoyo a cobrar una camioneta de arroz. Los sicarios no lo sabían. O sí, y decidieron castigar su ausencia con la peor lección: matar a sus clientes, dejar su negocio vacío, convertirlo en un fantasma.

Los cuerpos quedaron tirados junto a las mesas de pool. Uno de ellos abrazaba un taco roto. Otro tenía entre los dedos una ficha de 25 centavos que no alcanzó a colocar. La Policía llegó dos horas después. Los uniformados levantaron los cadáveres con sábanas de plástico azul. No hubo ambulancia: los heridos los llevaron los mismos vecinos en pick-ups. En el hospital de Quinsaloma ya no quedan camas. Tampoco médicos de turno. El personal de Medicina Legal vino desde Quevedo. Llegaron con whisky en el termo para aguantar el olor.

Los ríos, un territorio que el estado vendió y las bandas cobraron

La provincia es un corredor de droga que va del Pacífico hasta la sierra. Los mexicanos llegaron hace una década, compraron fincas, ganaderos y alcaldes. Luego vinieron los choneros, los lobos, los tiguerones. Ahora cada pueblo tiene su cuota semanal: 50 dólares por negocio, 20 por vivienda, 5 por estudiante universitario. El que no paga, paga con vida. El billar de La Fortuna debía 800 dólares. El Gato no había reunido la plata. El plazo vencía el domingo.

El estado de excepción terminó esta madrugada. Nadie lo notó. A las 23:00, cuando el toque de queda debía empezar, los perros seguían ladrando y los radios de los taxistas anunciaban otro “levantón” en Babahoyo. El gobernador de Los Ríos, el mismo que prometió patrulleras y drones, publicó un tuit de cuatro líneas. Usó la palabra “condenable”. No mencionó los nombres de los muertos. Tampoco la deuda. En La Fortuna, mientras tanto, los familiares cavaron seis tumbas en el cementerio municipal. La tierra está tan empapada de lluvia que los féretros bajaron solos. No hubo flores: las únicas que quedan están dentro del billar, marchitas sobre las mesas de pool que nadie quiere tocar.

El Gato regresó el lunes por la mañana. Encontró el local cerrado con cinta amarilla y un papel sellado: “Clausurado por orden judicial”. Se sentó en la acera, encendió un Marlboro y contó los días que le quedan de vida. No llegó a diez. En Los Ríos, la deuda siempre se cobra. Y el plazo, esta vez, vence antes del domingo.