La guardia revolucionaria pierde a su almirante en el estrecho: irán se queda sin escudo en ormuz
Alireza Tangsiri ya no vigila el Estrecho de Ormuz. La Guardia Revolucionaria confirmó anoche la muerte del comandante de su Armada, herido el 28 de febrero durante la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel que sacude Irán mientras Teherán negociaba en Viena un nuevo acuerdo nuclear. Cuatro días de silencio, un rumor israelí y, por fin, el comunicado que lo declara mártir.
El texto, difundido por la agencia Tasnim, no oculta la magnitud del golpe: Tangsiri era el arquitecto del escudo defensivo de islas y costas, el hombre que convertido en leyenda por el secuestro de marines estadounidenses y británicos y por convertir lanchas rápidas en arma de disuasión contra portaaviones. Su ausencia deja un hueco más allá de la retórica: Irán ha perdido al estratega que mantenía abierto el grifo del petróleo a través del estrecho más conflictivo del planeta.
El 28-f que nadie quiere llamar guerra
La fecha se ha convertido en una cicatriz. El 28 de febrero, misiles y cazas israelíes golpearon simultáneamente instalaciones nucleares, bases misilísticas y cuarteles de la Guardia. Washington aportó inteligencia y bombardeos selectivos; Tel Aviv, la punta de lanza. El balance que manejan los servicios occidentales supera los 1.500 muertos, incluido el propio ayatolá Alí Jamenei, el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y los ministros de Defensa e Inteligencia. Irán, en cambio, habla de martirio y promete golpes demoledores.
Tangsiri cayó en la línea de fuego. Según el comunicado, dirigía la contraofensiva que derribó un caza estadounidense cuando las heridas lo alcanzaron. La Guardia insinúa que su muerte no fue inmediata: «organizaba y fortalecía las fuerzas» hasta que su cuerpo cedió. El detalle convierte el relato en epopeya y advertencia: cada comandante asesinado, advierten, es reemplazado por mil Tangsiri.

El estrecho se queda sin dueño visible
La retórica no oculta la realidad táctica. Con Tangsiri muerto y Jamenei enterrado, la cadena de mando de la Guardia Revolucionaria queda desdibujada. El estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20 % del petróleo mundial, dependía de una red de lanchas rápidas, misiles antitanque y minas submarinas que el almirante coordinaba desde la base de Bandar Abbas. Ahora, nadie firma las órdenes.
El petróleo ya lo percibe: el Brent subió 5 dólares en la apertura asiática. Aseguradoras calculan un recargo de 30.000 dólares diarios para los buques que transiten el Golfo sin escolta. Y en Teherán, los negociadores que ayer discutían centrifugas en Viena hoy custodian maletines blindados y escuchan sirenas cada dos horas.
La Guardia promete sorpresas en los próximos días y meses. La historia le da la razón: cuando perdieron a Soleimani en Bagdad, respondieron con un ataque de misiles a la base de Al-Asad. Ahora repiten el guión, pero el tablero ha cambiado. Washington ya no avisa; Israel ya no se esconde. Y el estrecho, por primera vez en cuarenta años, amanece sin su guardián.