La iglesia firma la reparación que nadie esperaba: 15 de abril, fecha límite para pedir cuentas

Madrid, 30 de marzo. El aire olía a papel mojado y a incienso viejo cuando cuatro plumas —Gabilondo, Argüello, Bolaños y Díaz Sariego— rubricaron el protocolo que las víctimas de pederastia clerical llevan dos años exigiendo a gritos. A partir del 15 de abril, cualquier superviviente podrá irrumpir en la sede del Ministerio de Justicia y exigir una reparación que la Iglesia juró que nunca llegaría.

Una negociación que rozó el abismo

El texto de 32 páginas nació muerto en diciembre: los obispos se negaron a que el Defensor del Pueblo revisara las compensaciones ya pagadas por el Plan PRIVA, ese parche interno que apenas ha atendido a 120 víctimas en seis meses. La amenaza de concentrarse frente a la sede episcopal y la Nunciatura les hizo doblar la rodilla. El acuerdo, en el fondo, es un acto de contrición forzado: la Iglesia cede la llave del cajón, el Estado asume la factura y las víctimas, por primera vez, podrán elegir entre la vía eclesiástica o la administrativa sin que nadie les diga «ya cobraste».

El mecanismo es tan simple como demoledor: la víctima presenta su expediente, la Unidad de Víctimas del Defensor del Pueblo lo estudia en 60 días y elabora una propuesta que puede ser una misa de reparación, una beca para sus hijos, una terapia de toda la vida o, simplemente, un cheque. El dinero correrá a cargo de la Santa Sede, pero la factura moral será del Estado. «No vamos a poner el acento en los euros», repitió Argüello, aunque nadie le creyó: la Confer Episcopal ya ha calculado que cada caso podría costar entre 60 000 y 300 000 euros, y el Fondo Rotativo de Solidaridad Interdiocesano huele a bancarrota.

El calendario de la vergüenza

El calendario de la vergüenza

Los supervivientes disponen de exactamente 365 días para presentar su solicitud. Pasado ese plazo, la puerta se cierra. Es la cláusula que más gritos ha generado entre las asociaciones: ¿y qué pasa con quien aún no ha hablado? El Gobierno ha prometido una campaña de comunicación, pero las ONG ya preparan carteles con el rostro de cada obispo que votó en contra de la revisión del pasado. La primera semana de abril será de fuego: misas de reparación en catedrales vacías y concentraciones frente a los palacios episcopales. La Iglesia ha pedido «prudencia»; las víctimas han respondido con un «mea culpa» que suena a escupitajo.

Lo que nadie cuenta es que el protocolo esconde una trampa: las indemnizaciones del Plan PRIVA se descontarán del nuevo baremo. Es decir, si ya recibiste 30 000 euros por abusos en un colegio de los Maristas, el Estado solo te abonará la diferencia. «No es dinero gratis, es un ajuste de cuentas», advierte una fuente del Ministerio de Justicia. La Iglesia, por su parte, ha blindado sus arcas: el fondo de reparación no se alimentará con dinero de las diócesis, sino con donativos «voluntarios» de los fieles. La colecta del domingo, en definitiva, pagará los crímenes del cura de pueblo.

La cifra habla por sí sola: 2 206 víctimas han denunciado abusos sexuales en España desde 2001, según el Observatorio de Pederastia Clerical. Solo 412 han recibido alguna compensación. Con el nuevo protocolo, el Gobierno calcula que podrían sumarse otros 1 500 casos, lo que elevaría la factura total a más de 200 millones de euros. La Iglesia promete que «no faltará un euro»; las víctimas temen que la promesa dure lo mismo que el celibato de algunos de sus agresores.

El 15 de abril arranca el juicio paralelo: no habrá togas ni testigos, solo expedientes y silencios. La reparación, en el fondo, es una forma de borrar el rastro. Pero hay cicatrices que ni la más solemne de las misas puede cerrar.