La libertad duerme a tres turistas que se colaron en la oscuridad del mar

Tres cuerpos sacaron del agua en La Libertad cuando el sol aún no había salido. Eran las 3:00, las 4:30 y las 5:15 de la madrugada: tres veces que el mar devolvió a quienes habían decidido burlar el horario oficial de playa. Luis Amaya, director de Protección Civil, no necesitó eufemismos: “El mar no es un lugar apto para demostrar nuestras habilidades en la natación”.

La cuenta regresiva comenzó con una lata de cerveza

Los guardavidas se habían ido a las 18:00. Los toldos se recogieron, las sirenas se apagaron y la arena quedó en manos de la noche. Ahí llegaron los tres: uno desde Sonsonate, otro desde San Salvador, el tercero nadie sabe bien. Testigos dijeron que venían “alegres”. Medicina Legal confirmará si el alcohol fue la corriente que los llevó hasta el fondo, pero Amaya ya adelanta que dos de ellos olían a rum y a sol.

La poza de Coatepeque fue la tercera tumba. Agua dulce, sin oleaje, sin salvavidas. Parece más segura y por eso mata despiadada: la gente confía. El joven que saltó desde el puente de piedra no midió la profundidad real: cuatro metros de oscuridad y un tronco sumergido que le partió el pecho.

El simulacro que nadie quiso ver

El simulacro que nadie quiso ver

Mientras los cuerpos eran trasladados al Instituto de Medicina Legal, en la carretera al Puerto de La Libertad un grupo de paramédicos simulaba un choque frontal. Sangre falsa, vidrios rotos, un niño llorando dentro del carro volcado. Yaneth Bran, gobernadora del departamento, miraba el reloj: en menos de seis horas llegarían 18 000 vehículos desde la capital. “La prevención no es un folleto, es una interrupción de la idiotez colectiva”, dijo sin querer que la grabaran.

El director de Bomberos, Baltazar Solano, mostró la estadística que nadie publica: el 72 % de los accidentes mortales en Semana Santa lo caen conductores sobrios que chocan contra el ebrio que viene en sentido contrario. “Cero tolerancia al alcohol” repite como letanía, pero la fila de autos con ventanas polarizadas sigue creciendo en el retén.

El fuego que también se niega a descansar

El fuego que también se niega a descansar

Entre viernes y domingo se contaron 82 emergencias: 59 por maleza seca, 6 por bosques que se convierten en brasas, 9 casas que ardieron por cohechos mal apagados. El año pasado fueron 94. La reducción no es alivio, es una pausa. Solano lo resume en una frase que suena a epitafio: “Cualquier incendio cuenta”.

El 913 ha sonado 1 300 veces en 72 horas. Operadores turnándose cada ocho minutos para decir “¿Cuál es su emergencia?”. La mayoría llaman para saber si hay tráfico en el Puerto, si las olas están grandes en El Tunco, si el puesto de ceviches abrió. Solo tres llamadas fueron para avisar que ya era tarde.

La Libertad volverá a llenarse esta semana. Volverán los speakers con reggaetón, las neveras con hielo y sal. Los guardavidas volverán a marcharse a las 18:00. Y el mar seguirá ahí, esperando que alguien confunda su inmensidad con un escenario privado. La diferencia entre diversión y tragedia sigue siendo un reloj de pulsera que muchos se niegan a mirar.