La líder del kuomintang se cuela en la antesala de la guerra fría entre trump y xi

Cheng Li Wun aterrizará en Pekín el próximo lunes con un mensaje que suena a ultimátum disfrazado de abrazo: la paz es la única vía que queda a Taiwán, pero la paz bajo los términos que dibuja Beijing. La presidenta del Kuomintang —el partido que gobernó la isla con puño de hierro durante cinco décadas— ha aceptado la invitación de Xi Jinping apenas seis semanas antes de que Donald Trump pise la misma alfombra roja. El timing no es casual. Nadie en la región se cree la foto de la reconciliación: lo que se negocia es el reparto de la mesa antes de que el nuevo inquilino de la Casa Blanca decida voltearla.

En la sede del partido en Taipéi, Cheng no daba ayer con el ojo. «Las dos orillas no están destinadas a la guerra», repetía como quien tararea un mantra, mientras sus asesores ultimaban el dossier que entregará a Xi: un listado de inversiones taiwanesas que Beijing podrá presentar como 'regalo' al momento en que Trump exija contrapartidas por la fiebre de armas que Washington quiere vender a Taipéi. El truco viejo del Kuomintang: usar la economía como escudo diplomático.

El regreso del kuomintang al cuarto de máquinas chino

Desde que Lai Ching-te llegó al poder con discursos que huelen a independencia, el Kuomintang ha mutado en una suerte de embajador paralelo. Beijing no contesta el teléfono a los funcionarios de Lai, pero abre la puerta de par en par a los emisarios de Cheng. El mensaje es burdo: el partido que perdió la guerra civil china en 1949 sigue siendo, para el PCCh, el interlocutor legítimo. Una ironía que escuece a los activistas que ven cómo los herederos de Chiang Kai-shek terminan sirviendo de correa de transmisión al gigante continental.

Cheng, sin embargo, juega con ventaja. Conoce los pasillos del poder chino mejor que la mayoría de los ministros de Xi. En 2015 ya actuó de tapadera cuando el entonces presidente Ma Ying-jeou se reunió en secreto con el líder chino en Singapur. Aquella vez el objetivo era desactivar la presión de Obama. Ahora el enemigo se llama Trump y su arsenal de tarifas. La diferencia: el mundo ya no mira hacia otro lado.

El viaje incluye paradas en Shenzhen y Shanghai, dos feudos donde los empresarios taiwanceses han convertido fábricas enteras en monedas de cambio. En Nanjing, Cheng depositará flores en la tumba de Sun Yat-sen, el padre de la patria que ambas Chinas reclaman. Un guiño que en Pekín leerán como sumisión y que en Taipéi muchos consideran traición vestida de tradición.

El precio de la foto que trump no quiere perder

El precio de la foto que trump no quiere perder

La Casa Blanca ya ha encargado tres informes distintos sobre qué puede ofrecer Xi a Cheng que no figure en los comunicados oficiales. La respuesta preocupa: la promesa tácita de frenar las maniobras militares en el estrecho a cambio de que Washington rebaje el volumen de armas vendidas a la isla. Un trueque que convertiría al Kuomintang en garante de la seguridad de Taiwán sin disparar un tiro. Para el establishment republicano, es un escenario que huele a Munich del siglo XXI.

En el bunker de campaña de Trump, los asesores calculan que cada dólar de armamento que no llegue a Taipéi puede traducirse en diez votos perdidos en Ohio. Por eso la agenda de la visita de Cheng incluye un apartado que nadie menciona en voz alta: la posibilidad de que empresas taiwanesas reubiquen parte de la producción de semiconductores a Arizona, el estado que decidió la última elección. La guerra comercial se juega en los suburbios de Phoenix, no en los despachos de Ginebra.

Cuando Cheng regrese a Taipéi el 12 de abril, Lai Ching-te la recibirá con la sonrisa de quien sabe que su rival ha firmado un cheque en blanco en nombre de una isla que ya no le pertenece del todo. El Kuomintang regresa a casa con la certeza de haber ganado una batalla que nadie le había declarado. La derrota, como siempre, será colectiva.