La metanfetamina de la facción de el mayo cae en el corazón del narco

50 kilos de metanfetamina y tres esqueletos de la célula Cabrera Sarabia ya no respiran dentro del centro comercial de Guadalupe Tepeyac. El operativo fue tan silencioso que los compradores ni siquiera escucharon los seguros de los fusiles cuando las FGR, Semar, GN y SSC les colocaron las esposas a la salida del estacionamiento.

La Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana no necesitó un solo disparo. El golpe lo había preparado durante meses a través de interceptaciones telefónicas y una red de informantes que desmenuzaba cada movimiento de la célula ligada a Ismael El Mayo Zambada, el capo que ahora duerme en una celda de Estados Unidos desde 2024.

El negocio que migra del norte al altiplano

Los Cabrera Sarabia ya no operan solo en Durango o Sinaloa. La metanfetamina que transportaban en un Voyager gris tenía como destino los barrios de Ciudad de México, donde el consumo de drogas sintéticas creció un 38 % en los últimos tres años, según datos de la Encuesta Nacional de Adicciones. El negocio es tan rentable que El Mayo delegó a sus sobrinos la expansión hacia el sur, lejos de la frontera que ya escupe demasiados cadáveres.

La detención deja un vacío que nadie quiere reconocer. Edgar El Limones, cabecilla anterior de la célula, fue arrestado en 2024 y las investigaciones internas apuntan a que su sucesor, un ex policía municipal apodado El 20, escapó del cerco apenas unos minutos antes del operativo. En la guantera del vehículo incautado encontraron un iPhone con borradores de WhatsApp que repetían una sola frase: «Repartir o morir».

La metanfetamina aún huele a acetona y a dinero regado. Cada kilo vale en la calle entre 600 000 y 800 000 pesos; multiplíquelo por 50 y tendrá la cifra que El Mayo acaba de perder en una sola mañana. El golpe no es solo químico: es financiero. La cocaína colombiana se encarece, y el laboratorio casero que hierve en un pueblo de Jalisco puede producir la misma ganancia con un inversión diez veces menor.

El silencio que nadie quiere romper

El silencio que nadie quiere romper

En Guadalupe Tepeyac los comerciantes bajaron las cortinas de metal apenas se difundió el operativo. Un taquero de la esquina confiesa, entre vuelta y vuelta de pastor, que Los Cabrera le cobraban 500 pesos semanales por «vigilancia». «Pero ahora vienen los otros», murmura, y señala hacia una camioneta sin placas estacionada frente a su puesto. Nadie sabe si dentro van de compras o a cobrar la deuda que dejó la cárcel.

La FGR presume el decomiso en redes sociales, pero la realidad es más cruda: 30 toneladas de metanfetamina ya circularon este año solo por la Central de Abastos de la capital. El 50 kilos de este lunes es una gota que se seca al mediodía. El verdadero golpe sería desmantelar los laboratorios clandestinos que proliferan en los límites entre el Estado de México y Michoacán, donde hasta los niños aprenden a envasar cristal antes que a leer.

Mientras tanto, El Mayo sigue tras las rejas y su facción se repliega. La orden interna, filtrada por un agente que habla bajo el aliento de un whisky barato, es clara: «No vuelvan a entrar al DF sin permiso». Pero la droga ya no entiende de geografía. La Ciudad de México se convirtió en el patio de retaguardia donde se fracciona, se rebaja y se le inyecta a los adolescentes que creen probar «solo una línea».

El operativo terminó, pero la guerra sigue hirviendo en los portafolios de los consumidores que ni siquiera saben que fuman restos de baterías y solvente industrial. La metanfetamina no discrimina clases sociales; solo devora. Y esta semana, mientras El Mayo cuenta los días para su juicio en Nueva York, en Guadalupe Tepeyac ya hay otro coche gris esperando en la misma esquina del centro comercial. El precio subió 50 pesos el gramo y nadie parece dispuesto a pagar la diferencia con sangre.