La multitud que se convirtió en trampa mortal en bihar
Ocho cadáveres sobre el pavimento, ocho heridos que aún respiran y un templo hindú convertido en ratonera humana. Así amaneció este martes Kundam, distrito del empobrecido estado de Bihar, después de que la devoción se desbocara en una estampida que las autoridades atribuyen al calor sofocante y a una organización que se desmoronó en cuestión de segundos.

El relato del superviviente que nadie quiere oír
Kundam Kumar, jefe de la policía local, compareció ante las cámaras con la voz cuartelada: ocho muertos, ocho heridos, todos «estables». La frase suena a tabla salvadora en un país donde los hospitales públicos colapsan por principio. Pero lo que Kumar no dijo es que, en Bihar, la palabra «estable» suele ser la antesala del silencio administrativo.
La tragedia ocurrió durante un ritual anual dedicado a Kali, la diosa que bebe sangre para proteger al mundo. El ironista diría que la diosa cobró su tributo. El realista recordará que, cada año, los templos de la India engullen peregrinos como si fueran granos de arroz: espacios diseñados para mil almas que de pronto albergan diez mil cuerpos, pasillos que se estrechan hasta convertirse en embudos de carne y sudor.
Lo que nadie cuenta es que el departamento de Gestión de Desastres de Bihar llevaba meses advertiendo sobre la ola de calor prematura. Los termómetros rozaban los 42 °C cuando los altavoces del templo animaban a «avanzar, avanzar, que la diosa espera». En ese momento, la estampida dejó de ser una posibilidad para convertirse en una certeza física: una topografía de miedo donde cada paso atrás aplasta al de delante.
El gobierno regional ha anunciado una «compensación» de 400 000 rupias (4 300 euros) por cada muerto. La cifra habla por sí sola: en Bihar, un alma vale lo que cuesta un tractor de segunda mano. Los heridos recibirán 50 000 rupias, siempre que puedan demostrar que estaban presentes, que sus nombres figuran en alguna lista y que el hospital no les factura por las vendas.
La India lleva décadas exportando software y filosofía, pero conserva un defecto de fábrica: la capacidad de convertir la fe en carnicería. Desde la estampida de Mandher Devi en 2005 (258 muertos) hasta la de Ratangarh en 2013 (115), los informes técnicos se amontonan y las barandillas siguen oxidadas. El problema no es la religión; es la negligencia estructural que se esconde detrás del incienso.
El templo volverá a abrir mañana. Los peregrinos volverán a apretujarse. Y en algún archivo de Kundam, otra carpeta se sumará al montón de «incidentes menores» que, inexorablemente, regresan como un grito que nadie quiere escuchar.