La oms aplaza el reparto de vacunas futuras y el reloj de la próxima pandemia sigue corriendo
Mientras el virus desconocido que nos acecha todavía no tiene nombre, los Estados miembros de la oms acaban de ganar ocho días para seguir discutiendo quién se quedará con las pastillas y quién con las migajas. La negociación clave —el anexo que regula el acceso a patógenos y la distribución de beneficios— quedó ayer en suspenso hasta el 1 de mayo. La Asamblea Mundial de la Salud, que arranca a los pocos días, se llevará por delante cualquier texto que no esté listo. El reloj biológico no entiende de calendarios diplomáticos.

El último cartucho de la solidaridad global
El director general, Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha apelado a la «confianza mutua» como si la palabra fuera un antídoto. Pero en los pasillos de Ginebra la confianza se parece más a un mercado persa: cada país lleva su propia cifra de muertes hipotéticas y su lista de farmacéuticas nacionales a proteger. El anexo PABS —esa pieza que debería obligar a compartir virus, datos y beneficios— se ha convertido en una subasta silenciosa de promesas de vacunas que aún no existen.
Brasil, copresidente del grupo negociador, promete un texto «ambicioso y equitativo». La traducción real: los países del Norte exigen contratos blindados para sus laboratorios; los del Sur reclaban un porcentaje fijo de dosis gratis y sin letra pequeña. Entre medias, la industria observa con lupa que nadie mencione la palabra «licencia obligatoria» delante del micrófono.
Lo que ayer se llamó «colaboración constructiva» no es más que la fotografía oficial de un tablero donde las fichas siguen igual que hace seis meses. La definición de «beneficio» —¿vacunas, dinero, tecnología o los tres?— sigue siendo una laguna legal tan ancha que cabe un contenedor de dosis caducadas. La gobernanza del futuro banco de patógenos, ese almacén virtual de secuencias genéticas, es un punto muerto: nadie quiere que el custodio sea otro país, mucho menos una ONG sin ejército.
La lección de COVID-19 —que los países ricos compraron nueve veces más vacunas de las que necesitaban— parece un eco lejano. El mecanismo COVAX, que fue el parche ético de la última crisis, terminó repartiendo donaciones cuando las olas ya habían pasado. Ahora se propone un sistema «automático», pero el diablo duerme en los detalles: ¿quién activa el reparto, cuándo y con qué sanción para el que se niegue?
La próxima semana será un simulacro de urgencia. Los equipos jurídicos recortarán comas mientras los virólogos advierten que el H5N1 ya muta en mamíferos. Si el texto no llega sellado a la Asamblea, el acuerdo entero corre el riesgo de convertirse en un anexo muerto, una pieza de museo que las generaciones futuras exhibirán como ejemplo de lo que no hay que hacer cuando el mundo arde. La historia no juzga por intenciones, sino por frigoríficos llenos o vacíos. Y el termómetro de la desigualdad sigue subiendo.
