La onu confirma que israel sabía dónde estaban sus cascos azules antes del ataque mortal
Tres cascos azules muertos en 24 horas. Tres. La ONU no busca excusas: investiga. Y lo que ya sabe es que el Ejército israelí tenía las coordenadas exactas de las posiciones atacadas en el sur del Líbano.
La geografía del ataque
Jean-Pierre Lacroix, número dos de Operaciones de Paz, compareció sin rodeos: «La ubicación de nuestras instalaciones es más que conocida por las partes». Traducción: no hubo error de GPS, ni confusión de campamento, ni fuego cruzado. El primer soldado cayó «dentro de su posición», como confirmó el portavoz Stéphane Dujarric. El segundo y el tercero, horas después, en un radio de apenas tres kilómetros. Tres impactos, tres muertos, un patrón que huele a diana, no a accidente.
La FINUL —la fuerza que lleva 46 años separando a Hizbulá de Israel— repite hasta la saciedad que marca sus bases con códigos QR, paneles reflectantes y notificaciones diarias a ambos ejércitos. El ataque, por tanto, no fue una borracha de artillería; fue, cuanto menos, un disparo advertido. La ONI lo sabe, pero se agarra al protocolo: «Investigamos». Mientras, en Jerusalén ni un comunicado de disculpa.

El mapa que israel redibuja
Lacroix dejó caer otra bomba: la «creciente» presencia de las Fuerzas de Defensa israelíes (IDF) en territorio libanés ya es, por sí misma, «una violación». No una incursión, no un error: una violación flagrante de la resolución 1701 que selló el fin de la guerra de 2006. El mensaje es claro: cada tanque israelí al sur del río Litani es un paso más allá de la línea roja trazada por el Consejo de Seguridad.
El primer ministro israelí no lo oculta: habla de «zona de amortiguamiento» de diez kilómetros dentro del Líbano. Su ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, ya suelta la anexión en voz alta. La FINUL se convierte así en testigo incómodo de un lento apoderamiento que nadie se atreve a llamar invasión. Porque, claro, la palabra tiene forma de veto en el CS y Washington ya avisó: no hay reuniones urgentes en la agenda.
La cifra habla por sí sola: 332 ataques contra personal de la ONU en los últimos 20 años. Solo 17 condenas. La impunidad, como el polvo del desierto, se acumula. Mientras, en el campamento de Naqoura —donde anoche cayó el tercer proyectil— los cascos azules cuentan los días con chalecos antibalas y un GPS que ya no les sirve de escudo.
