La policía australiana liquida al maquiavelico superviviente que desafió al estado
El sol apenas despuntaba en las montañas de Victoria cuando un disparo cortó siete meses de suspense. Dezi Freeman, el hombre que burló a cien helicópteros, mil agentes y la certeza de que la tecnología siempre gana, cayó fulminado a las 8:30 en un descampado del noreste. Dos policías muertos en agosto, un tercero herido, y un país entero preguntándose cómo un exmontañero de 56 años podía hacer tam-tam con la ley desde las trampas del bosque.

El bosque se quedó sin amo
Freeman no era un forajido cualquiera. Su huella olía a pino y a desprecio institucional. Se escabulló tras el tiroteo de Porepunkah como quien atraviesa una puerta corrediza: dejó atrás dos cadáveres y la certeza de que la justicia es un concepto que se rescribe con trampa. Durante 215 noches, los equipos de élite lo buscaron con visores térmicos y perros holandeses; él les respondía con fogatas apagadas a tiempo y huellas que desembocaban en arroyos helados. La policía llegó a registrar 114 casas, interrogar a su mujer y a su hijo, y aún así el tipo seguía allí, entre eucaliptos, como una leyenda que se alimenta de anarquía.
El movimiento de los ciudadanos soberanos —ese club de paranoicos que declaran ilegítimos a jueces, impuestos y hasta el DNI— encontró en Freeman su mártir viviente. No necesitó YouTube ni pancartas: con dos fusiles y una cabaña sin red, bastó para magnetizar a los que creen que el Estado es una empresa privada disfrazada de nación. australia ya había visto la película: en 2022, otros tres adeptos tirotearon a dos policías y a un vecino en Queensland antes de que los balines les devolvieran la realidad. Freeman repetía el guion, pero con guarida de lobo y olor a cuero mojado.
Las autoridades prometieron desglose en “próximas horas”. La frase huele a conferencia de prensa con pantalla táctil y power point, pero nadie se atreve a confesar la pregunota que late: ¿cómo un tipo sin WhatsApp ni tarjeta bancaria logró jugar al escondite inglés en pleno 2026? La respuesta está en la topografía y en la arrogancia. Victoria alberga la senda más agreste del continente: 237 mil km² de sierra donde el GPS se vuelve oración y donde un ex instructor de supervivencia puede convertirse en fantasma por el módico precio de una navaja suiza y odio de sobra.
El operativo final fue tan silencioso como la primera bala de agosto. Unidades tácticas rodearon la zona, nadie gritó “¡Arriba las manos!”, solo se escuchó el eco seco del rifle reglamentario. Cuando los forenses levantaron el cuerpo, la prensa ya había bautizado el lugar: “El valle sin ley”. Freeman murió con la certeza intacta de que el Estado es una ilusión, pero también con la certeza de que las balas, cuando vienen firmadas por la Commonwealth, no piden permiso ideológico.
Ahora llegará el análisis sociológico, el informe parlamentario y el documental de Netflix que explicará lo que ya sabemos: odio más soledad más montaña equivale a polvora. Australia cierra el capítulo con dos agentes menos, un país más polarizado y la lección que nadie pidió: el bosque siempre devuelve a quien se cree dueño de él, pero nunca garantiza que lo haga con vida.
