La policía israelí bloquea al patriarca en el santo sepulcro y jerusalén enciende la semana santa

Domingo de Ramos sin palmas ni procesión: la puerta del Santo Sepulcro se cerró ante el cardenal Pierbattista Pizzaballa. La policía israelí le dio la vuelta al prelado a escasos metros del lugar donde, según la fe cristiana, el cuerpo de Jesús resucitó. Por primera vez en siglos, el patriarca latino no piso la loseta de mármol que marca el centro del mundo para millones de creyentes.

Una negativa que huele a pólvora

Una negativa que huele a pólvora

El argumento oficial: misiles iraníes sobre la Ciudad Vieja. Netanyahu asegura que fragmentos de proyectiles cayeron «a pocos metros» de la basílica y que el acceso quedó vetado «por seguridad». El resultado: calles desiertas, tiendas con persianas bajas y un cardenal rezando bajo la bóveda de Getsemaní mientras murmuraba: «Hoy Jesús llora otra vez por Jerusalén».

El gesto, breve, tuvo eco diplomático. Italia convocó al embajador israelí; Macron habló de «ofensa a la libertad de culto»; el Vaticano, a través del papa León XIV, se sumó al coro de protestas. La queja del Patriarcado fue más seca: «Ignoran la sensibilidad de miles de millones». Lo que nadie cuenta es que, apenas unas horas después, en la iglesia de San Salvador, cien fieles lograron celebrar eucaristía sin que nadie les cortara el paso. La excepción confirma la norma: en Jerusalén, la norma ahora se escribe en clave militar.

La guerra, declarada el 28 de febrero tras el intercambio de ataques entre Irán, Israel y EE.UU., ha convertido la Semana Santa en un itinerario de controles de identidad y sirenas. La procesión clásica desde el Monte de los Olivos —que desfilaba entre olivos centenarios y cánticos en latín— quedó cancelada de antemano. Ni tan siquiera los periodistas pudieron acompañar al cardenal: solo una decena de cámaras autorizadas presenciaron su homilía improvisada en la Basílica de Todas las Naciones.

Netanyahu promete un plan «en los próximos días» para que los líderes religiosos puedan entrar al Santo Sepulcro antes del Domingo de Resurrección. Herzog, por su parte, llamó al cardenal para «lamentar el incidente». Palabras que suenan a intento de apagar el incendio simbólico que anoche ya recorría WhatsApp de parroquias palestinas y conventos franciscanos: la imagen de la cruz cerrada con cinta policial.

En el barrio cristiano de la Ciudad Vieja, André, un comerciante de 51 años, resume el sentir: «Es muy triste este año. Siempre estábamos acostumbrados a la procesión». La frase se queda corta: la procesión no es solo un desfile, es la memoria colectiva de una ciudad que ha visto pasar cruzadas, mandatos británicos y muros de separación. Y, aun así, nunca antes había visto al vicario de Cristo dando media vuelta.

El dato habla por sí solo: desde las Cruzadas, los patriarcas latinos han entrado sin trabas en el Santo Sepulcro. Hoy, 30 de marzo de 2026, ese milenario hábito se rompió con un «no pasar» vestido de chaleco antibalas. Jerusalén vuelve a demostrar que su calendario no se rige por liturgia, sino por el ritmo de los misiles. Y la Semana Santa, que debería celebrar la victoria de la vida sobre la muerte, empieza con una imagen inversa: una puerta cerrada y un cardenal rezando al aire libre mientras el eco de una explosión se aleja entre los muros de la ciudad vieja.