La reina sofía clausura su duelo con verdi en la catedral llena de palma
La catedral de Palma vibró anoche como un tambor de luto y esperanza. A las 20:30 horas, la reina Sofía cruzó el umbral gótico del templo acompañada de sus hijas, Elena y Cristina, y sus nietas Victoria Federica e Irene. Nadie necesitó mencionar el nombre de Irene de Grecia: la música lo hizo por ellos. El Réquiem de Verdi estalló en el momento exacto en que la monarquía emérita cerraba el círculo de su pérdida.
Las 1.700 personas que llenaron la nave no aplaudieron a una institución; aplaudieron a una viuda que ha convertido el concierto solidario de Proyecto Hombre en su ritual privado de despedida. Hace un año, la princesa Irene ocupaba la butaca de la izquierda. Ayer, un silencio hueco ocupó su lugar y el coro de la Universitat de les Illes Balears lo llenó con el Lacrimosa.
La política se arrodilla ante la música
En el tramo de piedra que separa el coro del presbiterio, las presidentas del Congreso y de las Islas Baleares, Francina Armengol y Marga Prohens, se estrecharon la mano sin flashes. El obispo Taltavull no necesitó homilía: bastó con que la mezzosoprano Silvia Tro Santafé pronunciara el Libera me para que el poder se arqueara como una nota que busca redención.
La Orquesta Sinfónica de las Islas Baleares, dirigida por Pablo Mielgo, no es la Filarmónica de Viena, pero anoche parecía que Verdi había compuesto su misa expresamente para ese eco de piedra y mar. El bajo Simón Orfila hizo temblar los confesionarios; la soprano Mira Alkohovik detuvo el tiempo en el Sanctus y el tenor Antoni Lliteres desgarró el aire con un Ingemisco que sonó a pacto entre la monarquía y su conciencia.

17 Años de réquiems que salvan vidas
Lo que empezó como un concierto de Semana Santa se ha convertido en el banco de pruebas de la supervivencia social de Baleares. Proyecto Hombre lleva 37 años desintoxicando heroinómanos y alcoholistas con la misma obstinación con que la reina Sofía regresa cada primavera a la butaca número 14. La edición número 17 recaudará fondos para mantener abiertos dos centros de día que atienden a 200 personas al año. La cifra habla por sí sola: cada 25 euros del precio de una butaca garantiza una semana de tratamiento.
Al final, el órgano destruyó el silencio con un postludio improvisado. Las nietas de la reena lloraron de forma distinta: Victoria Federica lo hizo con la cabeza gacha; Irene, la más joven, miraba hacia el crucero como si buscara a su bisabuela entre los vitrales. La reina Sofía se levantó primero. No saludó a la prensa. No sonrió. Solo se llevó la mano al pecho cuando el Lux aeterna se desvaneció entre las columnas.
Palma tenía anoche el aire salado de quien ha cerrado un capítulo sin querer abrir otro. El cortejo real regresó al palacio de Marivent bajo una luna que parecía de cartón piedra. El Réquiem de Verdi seguirá sonando en los teatros del mundo, pero pocos lugares hablarán tanto del olvido y la obligación como esa catedral que cada año convierte la última semana de marzo en la cuenta atrás de una familia que ya no sabe muy bien para quién reza.