La selección se ahoga en un cántico racista y de la fuente estalla: «hay que apartar a los impresentables»

El partido apenas duró noventa minutos, pero la mancha puede quedarse años. Mientras el balón rodaba en Cornellà, una frase —«musulmán el que no bote»— salió de la grada como una daga y atravesó la noche del RCDE Stadium. Luis de la Fuente no titubeó: «Total y absoluta repulsa». Dos palabras que resonaron más fuerte que el silbido final.

El virus que el fútbol no logra erradicar

La reacción fue inmediata. Los altavoces repitieron el mensaje de rechazo, la mayoría del estadio abucheó a los cantores y, durante unos segundos, el juego pareció una anécdota. «A veces, poco más se puede hacer —admitió el seleccionador—. El fútbol no es violento; los violentos se aprovechan del fútbol». Traducción: el problema no es el deporte, sino la grieta social que algunos quieren usar como escenario.

Egipto, rival invitado, se quedó en el 0-0, pero el resultado quedó desplazado por la vergüenza colectiva. De la Fuente, formado en la cantera de la disciplina, pasó de la táctica a la ética sin transición: «Hay que identificarles y apartarles de la sociedad». No habló de sanciones administrativas ni de campañas de sensibilización; habló de expulsar del rebaño a los que rompen el pacto básico de convivencia.

Entre la censura y la necesidad de mirar dentro

Entre la censura y la necesidad de mirar dentro

En la zona mixta nadie quiso relativizar. «No es un incidente aislado, es la punta del iceberg», me comentó un delegado de la Real Federación que prefirió no dar su nombre. El comité antiviolencia ya tiene el video: cámaras de seguridad, grabaciones de los móviles, un laberinto de caras. Identificar será fácil; el verdadero reto es impedir que la grieta vuelva a abrirse cada mes.

Mientras tanto, la selección cierra filas. De la Fuente destacó que «no ha habido lesiones y han debutado todos los nuevos». Un éxito menor que suena a justificación. Elogia a Fermín López, elogiará al siguiente. Pero la pregunta flota: ¿cuántos partidos más tendrán que celebrarse bajo vigilancia de cánticos que escuecen?

La competencia por la portería —«me llevaría a los cuatro porteros si pudiera»— parece un capítulo menor cuando el virus del odio se reproduce más rápido que cualquier táctica. El entrenador lo sabe: los datos, los partidos, los entrenamientos… todo queda infectado si la grada se convierte en altavoz de la intolerancia.

La noche terminó con himnos oficiales y autobuses oscuros. En los despachos, alguien ya prepara el siguiente informe. En la grada, quizá, alguno repite la letanía. Y el fútbol, que tanto da para la fantasía, vuelve a mostrar su costado más sucio: el de los que cantan para excluir en lugar de para celebrar. El 0-0 del marcador se olvidará; el 1-0 del odio, tal vez no.