La unam abre la primera carrera de química cosmética en méxico: solo 20 cupos y un mercado que mueve 17 mil millones de dólares
Veinte alumnos. Nada más. Ese es el número exacto de jóvenes que podrán estrenar en septiembre la primera licenciatura en Química Cosmética Industrial de México, un programa que la UNAM ha diseñado a medida del gigante que ya factura 17,2 millones de dólares al año entre cremas, perfumes y maquillajes.
La carrera se impartirá en la Facultad de Estudios Superiores Cuautitlán, el campus que hasta ahora solo escuchaba hablar de reactores y petroquímica. Ahora, sus laboratorios olvidarán el olor a azufre para dar paso a la vainilla de los bálsamos labiales y el almizcle de los desodorantes. Nueve semestres, 57 materias y 380 créditos separarán al futuro químico cosmético de la pasarela de empleos que ya generan 250.000 sueldos en el país.
De la pizarra al mostrador: la malla que no aparece en la guía
El Consejo Universitario aún no ha publicado el calendario de admisión ni los requisitos. Lo que sí trascendió es que el ingreso será directo, sin examen, y que las clases serán solo presenciales. La apuesta es alta: formular una base científica que le permita al técnico mexicano competir con los laboratorios de París, Nueva York o Seúl, pero con la ventaja de tener a la biodiversidad nacional como materia prima.
El plan incluye asignaturas que suenan a poema: química de emulsiones, toxicología de fragancias, normativa internacional de colorantes. También hay una asignatura que ninguna otra carrera de la UNAM tiene: “perspectiva de género y diversidad cultural en la formulación cosmética”. Traducido: aprenderán por qué un mismo corrector de ojeras necesita dos texturas distintas si se vende en Oaxaca o en Monterrey.
El reto es ético y ambiental. El país exporta cosméticos por valor de 3.000 millones de dólares anuales, pero importa el 70 % de sus activos. La universidad quiere invertir la ecuación: menos dependencia de Silicon Valley para los silicones y más aprovechamiento del azahar chiapaneco o el nopal regiomontano.

El negocio que se maquilla de ciencia
México ya es el segundo mercado latinoamericano y el quinto productor mundial. Cada mexicano gasta en promedio 140 dólares al año en cremas, champús y colonias. La cifra habla por sí sola: hay más laboratorios de belleza (650) que municipios en el Estado de México (125).
La industria no solo crece: se reproduce. En el tercer trimestre de 2024, 22.700 personas trabajaban en la fabricación de “artículos farmacéuticos y cosméticos”, según el INEGI. El salario promedio ronda los 14.000 pesos mensuales, pero el que sabe leer un espectrómetro de masas y puede detectar alérgenos en una loción tras 48 horas de estabilidad cobra el triple.
La UNAM llega tarta, pero llega entera. Mientras otras universidades privadas venden diplomados de 60.000 pesos en “formulación natural”, la máxima casa de estudios apuesta por la ciencia dura: 1.500 horas de laboratorio y un semestre obligatorio en la industria. El primer convenio ya está firmado: L’Oréal México ofrecerá prácticas pagadas en su planta de Xochimilco, donde se fabrican las barras de Maybelline que luego se exportan a toda América Latina.
Lo que nadie cuenta es que, detrás del glamour, hay una guerra de patentes. Cada nuevo activo antienvejecimiento cuesta 3,5 millones de euros en investigación y solo tiene vida comercial de cinco años. La carrera de la UNAM incluye un taller de propiedad intelectual para que el estudiante sepa cómo proteger su “ácido hialurónico veraniego” antes de que Estée Lauder lo copie.
El rector Enrique Graue ha dicho que esta licenciatura es “una respuesta científica al colorismo social”. Traducción: dejará de importar filtros solares que solo funcionan en pieles claras y empezará a diseñar protectores para los morenos de Guerrero que sufren melasma. El primer filtro mineral 100 % mexicano ya tiene nombre en clave: “Morena SPF 50”. Si todo sale bien, estará en farmacias en 2028, justo cuando se gradúe la primera generación.
Veinte alumnos. Un país entero de clientes. La UNAM acaba de descubrir que el futuro huele a vainilla, pero huele a dinero.
