Las señales del bullying que los adultos prefieren ignorar
La psicopedagoga María Zysman lo dejó claro en el aire de Infobae: el bullying no es un accidente, es un proceso que se anuncia con gritos silenciosos que los adultos eligen no escuchar. Mientras en Santa Fe todavía huele a pólvora el colegio donde un adolescente de 15 años apuñaló a su compañero, su advertencia suena como una sentencia: las señales estaban ahí, pero alguien decidió mirar para otro lado.
El gesto antes del puñal
Zysman habla desde hace años de esto. No necesita alzar la voz: su tono pausado es más demoledor que cualquier grito. Dice que los chicos no estallan de golpe. Que antes del puñal hay un gesto, una mirada que se cruza, un chat que nadie controla, una exclusión que parece juego. Y que los adultos, los docentes, los padres, minimizan. «Es que se van a pasar», repiten, como si la adolescencia fuera una enfermedad leve que se cura sola.
Pero hay heridas que no cicatrizan. La especialista describe con precisión quirúrgica cómo se teje la trama previa: el grupo como única divisa, la pertenencia como religión, la exclusión como castigo. «Lo más importante es el grupo, no importa qué me obligue ese grupo para seguir siendo parte», sentencia. Y ahí, en esa frase, se condensa el mecanismo entero: el chico que va a ser víctima ya está marcado, el futuro agresor ya recibe licencia.

La pantalla que lo ve todo y calla
El bullying digital es el nuevo patio de recreo. Zysman lo llama «la huella que no se discute»: una foto que circula, un rumor que se viraliza, un video que quema. Cuando la evidencia aparece, el daño ya está hecho. «Cuando llegás a consultar a un abogado es porque fracasó todo», advierte. Fracasaron los padres que entregaron el celular antes que el abrazo. Fracaso la escuela que miró la pantalla desde el escritorio del preceptor. Fracasó el Estado que cambia de color político y deja caer los programas como si fueron hojas secas.
Porque la prevención existe, pero está ganchada a la burocracia. La Educación Sexual Integral (ESI) tiene los contenidos, sí, pero también tiene docentes que no los conocen, escuelas que comparten un psicólogo con quince establecimientos más, y ministerios que se reinician cada vez que cambia la firma del ministro.

El ejemplo que duele
Zysman apunta al espejo. Dice que los adultos somos el modelo que funciona sin palabras. «Cuando estaciono en la rampa, cuando insulto al otro por ser de otro bando, cuando en el chat de padres se habla mal de la maestra». Cada gesto es una semilla. Cada chiste racista, cada comentario misógino, cada burla al portero, es un ladrillito en la pared que después encierra a un pibe en el baño del colegio.
La especialista no cree en perfiles únicos. «No hay perfiles», repite. El bullying no entiende de clase social. Hay colegios de techo de chapa donde no pasa nada y colegios de inglés y pileta donde un chico se corta las venas en el baño de ceramica. La exclusión es democrática: la ley de hielo, la mirada que se desvía, el silencio que se impone.
El regreso que nadie espera
Después del crimen de Santa Fe, la pregunta no es cómo volver a clases, sino cómo volver a mirarse. Zysman pide un servicio de salud mental inmediato, pero advierte que no basta con un gabinete psicológico de emergencia. «Hay que trabajar desde ya», insiste. Porque el miedo queda: en los chicos que vieron la sangre, en los docentes que no supieron leer las señales, en los padres que enviaron al hijo con el celular nuevo para que «no sea el único que no lo tiene».
La frase final es de una frialdad desarmante: «El miedo es sumamente traumático y hay que trabajar desde ya». No hay promesa de solución mágica. No hay culpables únicos. Hay una comunidad entera que debe aprender a leer lo que antes miraba para otro lado. Mientras tanto, en algún aula de Argentina, un chico acaba de mandar un meme cruel. Otro acaba de ser excluido del grupo de WhatsApp. Y el reloj sigue corriendo. La próxima vez, las señales volverán a estar. La pregunta es quién se animará a verlas antes de que sea tarde.
