Lima se convierte en puerta de salida de la cocaína que alimenta a europa

La cocaína peruana vuela a Europa camuflada en filetes de calamar gigante y ladrillos de construcción. Detrás del inventario hay un ciudadano con tres pasaportes, cinco idiomas y una agenda llena de reuniones en restaurantes de lujo de Lima. Su nombre es Maglent Dybeli y la policía lo presenta como el cerebro de la primera célula albanesa que ha logrado instalar en Perú una cadena logística completa: compra, envasado, soborno y embarque.

La investigación, adelantada por el programa Panorama de Panamericana Televisión, muestra cómo los clanes albaneses transformaron el puerto del Callao en un corredor exprés. El kilo de cocaína que ronda los 2 000 dólares en el Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem) se cotiza entre 80 000 y 100 000 dólares en Hamburgo o Ámsterdam. La diferencia la pagan los consumidores europeos y la cobra Dybeli con su red de contenedores refrigerados.

El hombre que se perdía entre traductores

Dybeli habla español sin acento, pero cuando la Fiscalía lo citó a declaración solicitó intérprete de albanés. El truco le duró dos audiencias: los peritos de la Dirandro descubrieron que dominaba el castellano desde 2017, cuando ingresó al país con pasaporte italiano. La maniobra forma parte de su manual de distracción: mismo rostro, distinto nombre; misma huella, distinta nacionalidad.

En su departamento de Los Olivos hallaron 17 sellos de aduana falsos, planos del puerto y una libreta con códigos que parecen recetas de cocina: «Delfín» es cocaína de máxima pureza, «Estrella» es el lote que parte en ladrillo hueco. Los peritos descifraron el doble lenguaje y conectó cada anotación con contenedores reales que ya navegaban rumbo a Europa.

De pescadores a capos en dos años

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La cadena empieza en el Vraem, donde Juan Vidal Vásquez Centeno compra la droga a precio de mercado. La envía a Lima camuflada en cajas de plátano y allí la recibe Rómulo Mengoni Calderón, un falsificador de documentos con antecedentes por estafa. Mengoni sella los ladrillos con resina epóxica, los pinta de pastel y los mezcla con mercadería legal. El contenedor cierra, el barco zarpa y Dybeli cobra su parte antes de que la mercancía toque puerto.

El sistema funcionó al menos 14 veces entre 2022 y 2023, según los registros aduaneros que analizó esta redacción. La policía logró interceptar solo tres envíos: 780 kilos en cajas de filete de merluza, 420 kilos dentro de bloques de cemento y 96 kilos disueltos en tanques de conservante para madera. El resto llegó a Europa y se evaporó en los almacenes de la zona libre de Hamburgo.

El puerto del callao, un coladero de 3 000 contenedores diarios

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El terminal de APM Terminals Callao movió el año pasado 1,9 millones de contenedores. Solo el 2 % pasa por escáner de rayos X. El directorio de la empresa advierte que «la inspección integral es imposible» y delega en el Sistema de Administración Aduanera (Sunat) la selección de los sospechosos. La lógica estadística deja un margen de error que Dybeli supo explotar: eligió el calamar gigante porque el producto viaja congelado y obliga a abrir cámaras frigoríficas; la demora disuade a los revisores.

La Fiscalía Antidrogas confirmó que la investigación sigue abierta. Dybeli y tres cómplices peruanos cumplen 18 meses de prisión preventiva, pero los jueces ya recibieron un primer pedido de extradición presentado por Albania. El expediente revela que la red tenía previo enviar dos toneladas adicionales antes de Navidad. Los planos de los contenedores ya estaban listos; los códigos «Delfín» y «Estrella», actualizados. La mercancía nunca partió: la policía llegó antes de que la tinta del sello se secara.

En los depósitos del Callao aún quedan 43 contenedores marcados con el sello de una empresa fantasma cuyo dueño figura como «en investigación». La cocaína ya no está; el olor a mar y formaldehído lo cubre todo. El negocio, sin embargo, sigue respirando entre los muelles. Mientras un contenedor zarpe sin revisar, Europa seguirá pagando el precio de su propia devoración.