Los 60 son los nuevos 40 en la empresa: veteranos desafían la jubilación y toman el mando
Un empresario de 80 años vuelve a la presidencia. Un CEO de 64 acepta un giro radical en su carrera. La edad de retiro ya no es un límite, sino una invitación a desafiar el calendario corporativo. Argentina y América Latina viven una mutación silenciosa: la experiencia vuelve a valer oro mientras las multinacionales se deshacen de sus 'jóvenes brillantes' a los 55.
El fenómeno rompe con dos mitos instalados. Primero, que después de los 60 la productividad se desploma. Segundo, que la jubilación es un destino deseable. La verdad es más cruda: vivir de rentas es un lujo que pocos pueden darse. Con 35 años de aportes, el haber jubilatorio promedio en la Argentina no alcanza para mantener el nivel de vida de un ejecutivo. La cuenta es simple: seguir cobrando sueldo resulta más rentable que apostar a un retorno financiero que nunca llega.
El gerente de 64 que las empresas prefieren ocultar
Las compañías nacionales descubrieron un filón: los gerentes generales formados en corporaciones que, a los 60, ya no encajan en los organigramas 'fresh' de las sucursales globales. Llevan décadas de método, procesos y contactos. Su salida es la oportunidad de las firmas familiares que necesitan orden sin perder la esencia. Se produce entonces una simbiosia imperfecta: el fundador quiere delegar, pero no encuentra a su 'alter ego'. El ejecutivo quiere brillar, pero choca con el dueño que regresa al ruedo. La pulseada termina cuando ambos comprenden que la empresa vale más viva que peleada.
El dato que inquieta al sector RRHH: para 2035, la población económicamente activa de América del Sur se contraerá un 7 %. La maternidad decreciente y la emigración de jóvenes calificados dejan un hueco que ni la automatización llenará por completo. La respuesta ya está en marcha: mamás de 48 años que regresan al mercado después de dos décadas y dueños octogenarios que prefieren morirse en una reunión de directorio que en un sillón.

La resistencia invisible: nadie quiere trabajar como antes
La contracara del fenómeno es una rebelión generacional. Los menores de 35 rechazan jornadas de 12 horas y viajes interminables. Las empresas que no ofrecen flexibilidad pierden talento. Las que la ofrecen descubren que los veteranos, paradójicamente, son los únicos dispuestos a cumplir horarios fijos. El resultado: un mercado laboral partido entre jóvenes que exigen libertad y ancianos que aceptan lo que sea con tal de seguir cobrando.
La inteligencia artificial promete reemplazar tareas, no instinto. Mientras tanto, los 60 se sienten como los 40 de sus padres. La diferencia es que ahora llevan un iPhone en el bolsillo y una angina que avisa si el pulso se dispara. La próxima vez que vea a un CEO de 80 cerrar una adquisición, no lo llame 'inspirador'. Llámelo sobreviviente. Porque el día que se apague su sueldo, se apaga su estilo de vida. Y eso, en la Argentina de hoy, es una sentencia de muerte prematura.