Los chistosos se apagan: el micrófono queda mudo tras la muerte de manolo rojas

El humor peruano amaneció con un silencio inédito. Los Chistosos, el programa que durante casi dos décadas despertó a Lima con carcajadas, cerró su parrilla el viernes 27 de marzo a las 15:42, justo cuando Manolo Rojas pronunció su último chiste. A las 23:15, su corazón dijo basta. Ahora, la radio que lo vio nacer emitirá solo aire por primera vez en veinte años.

Una pausa que duele en vivo

Hernán Vidaurre se sentó en la silla que nadie quería ocupar. Frente a él, el reloj marcaba las 6:00 a.m. y la consola parpadeaba como si también estuviera de luto. «Hoy es un día muy doloroso para nosotros», logró decir antes de que la rabia le quebrara la voz. Daniel Marquina, al fondo, sostenía un retrato de Guillermo Rossini: los tres formaban el tridente que convirtió los sábados en festividad popular. En vez de la cuña musical, sonó el recuerdo de la última risa de Manolo, la del viernes, cuando todavía nadía sospechaba que sería despedida.

La frase «Marquina el que tiene esquina» —nacida en un descuido de promotor— se quedó colgada en el estudio como epitafio improvisado. «Fue Manolo quien me la regaló», dijo Marquina miope detrás de las gafas empañadas. Detrás del cristal, la productora contuvo el llanto con el mismo botón que corta el micrófono. Ningún script preparado prevé este guion.

El adiós que la calle reclamó

El adiós que la calle reclamó

La bandera peruana cubrió el féretro antes que cualquier lona publicitaria. En el Campo Fe de Huachipa, hinchas de Unión Huaral entonaron la porra como si el estadio se hubiera trasladado al camposanto. El hijo de Manolo colocó la camiseta rojiblanca encima del ataúd: la misma que su padre lucía cuando imitaba a los barras bravas en plena avenida Arequipa. Cientos de personas desfilaron con globos blancos y chifles, convirtiendo el duelo en sketch colectivo que nadie quería protagonizar.

El cortejo tomó la ruta que el humorista recorría cada mañana: la sede de RPP, la esquina de Wilson, la puerta del antiguo casona televisiva. En cada cruce, locutores rivales callaron sus intros y abrieron la parrilla para dejar pasar la caravana. La ciudad aprendió en un día que la risa también puede hacer silencio.

¿Volverán? la incógnita que nadie firma

¿Volverán? la incógnita que nadie firma

«Volveremos muy pronto», prometió Vidaurre antes de apagar la consola, pero la pausa no tiene fecha. Los anunciantes ya retiran pautas; la gerencia estudia rellenar el slot con música ranchera. En los pasillos, nadie se atreve a tocar la silla de Manolo: el asiento gira solo cuando entra el viento por la ventana rota. El productor ejecutivo calcula que, sin su estrella, el share puede desplomarse 35 %, pero admite que el verdadero agujero es el de la garganta del país.

La diabetes que acechaba a Rojas no figuraba en los ratings. Los médicos habían advertido: «reduce el estrés». Imposible cuando tu oficio es convertir el tránsito de Lima en chiste de media hora. El infarto llegó como gag negro: la última entrega de un hombre que se reía de la muerte hasta que la muerte le ganó la partida.

El micrófono sigue abierto, pero nadie se atreve a hablar. Porque cuando el humor muere, la ciudad entera pierde la señal.