Los embalses españoles rozan el 84%: la falsa tranquilidad que esconde el agua
España llena sus pantanos como quien llena la bañera: rápido, ruidoso y sin mirar el desagüe. El 83,29% de capacidad actual suena a holgura, pero basta cruzar el Guadalquivir o bajar al Segura para tropezarse con la misma vieja historia: el agua sigue siendo un privilegio territorial, no un derecho.
Miteco acaba de soltar sus cifras semanales y el país entero parece suspirar. 46.677 hm³ almacenados, 69 más que hace siete días. El año pasado, en esta misma fecha, apenas teníamos 39.895 hm³. La mejora es real, pero engañosa: crece el volumen, no la confianza.
Murcia, la herida que no cicatriza
Mientras Galicia despilfarra un 86,80% y La Rioja se pregunta qué hacer con su 84,48%, Murja se ahoga con apenas un 34,46%. La región que más sol paga –y más agua importa– vuelve a ser el espejo de la desigualdad hidrográfica. Allí el agua se negocia en bolsa, se desvía por tuberías políticas y se vende al agricultor como si fuera oro en lingotes.
La Comunidad Valenciana no anda lejos: 57,11%. Dos comunidades que exportan verdura a Europa entera dependen de los trasvases como quien depende de un respirador. Suben los embalses, sí, pero suben más los intereses de quienes especulan con su precio.

El agua que sobra… y la que falta
El problema no es solo climático; es de engranaje. En Castilla-La Mancha –70,84%– los regantes de la Mancha Occidental ven cómo sus acuíferos siguen sobreexplotados pese a la lluvia. En Andalucía –85,85%– el Guadalete y el Guadalquivir llevan años compitiendo por el mismo litro. La estadística nacional abraza la media, pero la media miente. Lo que sobra en el Ebro escasea en el Segura. Lo que llueve en Cantabria se evapora en Levante.
Miteco celebra la subida del 0,12% semanal y, de paso, suelta una lista de consejos para ahorrar en la cocina: lavavajillas eficientes, detergentes sin fosfatos, grifos cerrados. La ironía es brutal: mientras las macrodepuradoras del litoral mediterráno vierten sin control, nos piden que no dejemos correr el grifo al pelar patatas.
La lección es clara: el agua no falta; falla la inteligencia para repartirla. España sigue siendo un país de dos velocidades: la que moja y la que sedienta. Y el próximo ciclo de sequía, que llegará, apenas espera a que cerremos el grifo con conciencia.