Lucho gonzález se llevó el arpa del cielo y dejó a la música latina sin su afinador
Se apagó el último acorde. A los 79 años, Lucho González cerró el concierto que empezó cuando su padre, Javier, lo sentó de niño sobre un cajón de madera para que alcanzara las cuerdas de un guitarrazo peruano en Buenos Aires. El Instituto Nacional de la Música lo anunció este domingo y, en cuestión de minutos, Instagram se convirtió en un velatorio abierto donde Fito Páez, Pedro Aznar, Lito Vitale y media plana del folclore sudamericano despidieron al hombre que rearmonizaba la pena y la alegría con la misma mano.
De lima a la esquina de suipacha y paraná sin pasaporte
González llegó al Río de la Plata siendo un balbuceo; se fue siendo un dialecto. Su infancia transcurrió entre el vals criollo que heredó del Perú y el tango que absorbió en los patios porteños. No tuvo conservatorio: aprendió a leer la partitura de la vida mirando los dedos de su progenitor y escuchando a Chabuca Granda, la compositora que luego lo adoptó como hijo artístico. De esa bigamia cultural nació un estilo que hizo llorar a Mercedes Sosa en «María Lando» y que obligó a Pedro Aznar a reinventar el silencio después de cada compás.
El trío Vitale-Baraj-González fue una escuela ambulante de armonía estructural: en los '80 recorrieron provincias con una F100 cargada de cables, guitarras y un grabador de cassette que capturaba improvisaciones que hoy parecen partituras premonitórias. «Si la guitarra no te sale por la ventana, es que no la estás tocando», le gritó una vez Vitale desde el escenario del Teatro Gran Rex. González respondió con un solo de trece compases que dejó a los técnicos de sonido sin respiración.

El método siembra: clases gratis y un cuaderno de pentagramas robado
Dictó talleres en la Universidad Nacional de Villa María, en Rosario, en Quito, en cualquier living que ofrecieran seis sillas. Cobraba lo que podían pagar; a veces, nada. Su sistema «siembra musical» consistía en desmenuzar un tema, sembrar la semilla del arreglo en el alumno y regarla con ejercicios de contracanto hasta que brotara una voz propia. Muchos de sus discípulos hoy acompañan a Fito Páez o a Sandra Mihanovich; todos guardan un cuaderno de tablaturas que Lucho completaba con dibujitos de gatos y aviones, porque «la música también vuela y se rasca la panza».
Grabó solo dos discos como líder: «Esta parte del camino» (1996) y «Chabuca de cámara» (2004). Ambos agotados en vinilo. En Spotify suenan 40 mil veces al mes, una cifra ridícula si se compara con los millones que escuchan reggaetón, pero suficiente para que un adolescente de Guadalajara descubra el aire afro-peruano y se compre su primera guitarra criolla. Ese fue su trueque: un disco por un futuro.

La despedida que naden quiere tocar
Fito Páez publicó una foto en blanco y negro donde Lucho aparece con la cabeza gacha y la oreja pegada al mástil, como quien escucha latir a la madera. «Tu sonrisa inolvidable» fue la frase que eligió para titular el post; la misma canción que, según contó, González rearmonizó en una noche de 1997 mientras llovía dentro del estudio de grabación. Pedro Aznar subió «María Lando» sin texto: dejó que la guitarra de Lucho hablara por él. Julia Zenko eligió el vals «Amarraditos» y un corazón roto en emoji. En menos de tres horas, la música latinoamericana perdió su afinador colectivo.
Restan por aparecer los masters de cinta de las sesiones con Mercedes Sosa en los '90, los cassettes del trío con Nebbia que nunca se masterizaron y un hard disk portátil que, según su viuda, contiene 73 maqueta de temas propios que Lucho grabó en su departamento de San Telmo usando un pedal de delay y una cafetera italiana por percusión. La tarea de rescate será laboriosa: ninguno de esos archivos tiene título, solo números y la anotación «para después».
El último correo que le envió a su editor tenía como asunto «Entre Lima y el Plata». El cuerpo del mensaje era una fotografía de su guitarra Herrera apoyada contra la ventana de un colectivo 39, con el atardeño pintando de naranja el diapasón. No llevaba texto. No hacía falta: la imagen era una partitura de despedida escrita en luz.
