Lucía de la cruz logra escapar del coma y apunta a su propio homenaje
La glucosa le marcó 400, la fiebre la hundió y la infección urinaria le robó el conocimiento durante diez minutos que parecieron horas. Lucía de la Cruz, la voz que popularizó La flor de la canela en todo el Perú, llegó al Hospital María Auxiliadora el 25 de marzo sin saber que su cuerpo iba a exigirle un recital de supervivencia antes que el que le preparan para el jueves 28.
Los médicos temieron un derrame. La resonancia lo negó. Lo que encontraron fue un sistema inmune colapsado por la diabetes mal controlada y una bacteria que se había apoderado del tracto urinario. La pasaron a Cuidados Intermedios, le conectaron antibióticos de última línea y le pusieron una sonda que drenó el veneno. La reacción fue lenta, pero visible: el martes podría irse a casa si la fiebre no regresa.
La leche con proteína que sustituye el micrófono
Rosita Gonzales, su representante desde los tiempos de los discos de vinilo, reparte comunicados cada seis horas. “Está tomando leche con proteína y arroz blanco, nada de azúcar, nada de sal”, cuenta mientras revisa el último informe de enfermería. Los números mejoran: la glucosa bajó a 180, la creatinina se normalizó y los leucocitos empiezan a rendirse. La cantante, con una voz que sale raspada pero firme, se animó a hablar con Magaly Medina: “Quiero volver a los escenarios, pero primero debo ganarle esta batalla a mi propio cuerpo”.
La familia cerró el piso de visitas. Solo entran los médicos y un iPad para que vea los videos de apoyo que le mandan Bartola y Deyvis Orosco. El Círculo Militar ya ensaya el homenaje: 25 artistas, un coro de 120 voces y una entrada agotada en 48 horas. La producción de Tropic Life Entertainment insiste: el show se hará “con o sin Lucía en tarima, pero con Lucía en el corazón”. La recaudación —70 mil soles estimados— pagará la factura del hospital y la terapia post-alta.

El escenario que espera su voz
La última vez que cantó fue el 15 de marzo en Chiclayo. Subió con 38 °C de fiebre, pero nadie lo notó. Terminó el set, bajó las escalillas y se desplomó en el camerino. Ahora, en la habitación 4B, repite los versos de Toro mata en voz baja para no desgarrar la garganta. Los enfermeros aplauden cuando logra llegar al estribillo sin que se le quebre el pulso.
Si el lunes los análisis dan negativo, la darán de alta el martes por la mañana. La idea es que asista al ensayo general del homenaje el miércoles sentada en primera fila, con un pañuelo blanco y la sonrisa que le quedó después de engañar a la muerte. El jueves, si su cuerpo responde, subirá al escenario dos canciones. No más. El público ya sabe que cada nota será una victoria contra la diabetes, contra la infección, contra el olvido.
Mientras tanto, en el hospital, la enfermera jefe anota la hora en que bajó la fiebre: 37,2 °C. Sonríe. “Esa mujer ya le cantó al diablo una vez; no le va a temer a un microbio”, dice. Y cierra la puerta de la habitación 4B para que Lucía de la Cruz pueda seguir ensayando la única canción que importa ahora: la de seguir viva.
