Machu picchu planta un millón de árboles para frenar su desgaste

Las piedras que resistieron los embates de los conquistadores ahora temen por el pisoteo de 1,5 millones de turistas al año. Por eso, entre la niebla que envuelve la ciudadela inca, el Gobierno desenterró una promesa: un millón de árboles nativos que devolverán el oxígeno que el hombre se llevó.

La ministra Nelly Paredes del Castillo clavó la primera queuña en el suelo de Machu Picchu este martes. A su alrededor, autoridades de tres niveles —nacional, regional y local— se agolpaban con palas de ceremonia. La escena parecía una fotografía de los años 70, pero el mensaje era de 2024: sin reforestación, el santuario se convierte en un museo al aire libre sin aire.

Una alianza que incluye hasta a los fans de bts

Lo que nadie cuenta es que entre los asistentes figuraba Dayana Córdoba, representante del club de fans peruano del grupo surcoreano BTS. No fue un capricho: el K-pop mueve millones de adolescentes que ahora podrán financiar árboles con un clic. La lógica es brutalmente simple: si cada seguidor dona el valor de un álbum digital, se cubre el mantenimiento de 20 000 plántulas.

La lista de invitados revela la urgencia del proyecto. José Carlos Nieto, presidente del Sernanp, llegó con datos en la mano: 87 hectáreas quemadas entre 2021 y 2023, pérdida del 12 % de cobertura vegetal en laderas críticas y dos deslizamientos que ya obligaron a cerrar el camino Inca por 48 horas. La cifra habla por sí sola: cada árbol nuevo es un dique contra el desastre.

El alcalde de Ollantaytambo, Paull Palma, resume la tensión local: «Antes la montaña nos daba sombra, ahora nos da miedo». Su distrito recibe el 70 % de las aguas que bajan del santuario; si el suelo sigue desnudo, el valle se quedará sin agua antes que sin turistas.

El plan oculto detrás de las queñuas y alisos

El plan oculto detrás de las queñuas y alisos

La selección de especies no fue florero de decorado. El aliso (Alnus acuminata) fija nitrógeno y revive suelos agotados; la queuña (Polylepis racemosa) crece donde otros mueren de frío; el chachacomo recarga acuíferos con raíces que perforan roca como dedos de viejo sabio. Vladimir Ramírez, jefe del santuario, tiene la fórmula grabada: 400 mil queñuas, 300 mil alisos, 200 mil chachacomos y 100 mil entre tara y sauco. El cóctel debe sobrevivir 30 años; si uno falla, el ecosistema entero se tambalea.

Pero hay un detalle que no figura en los discursos: cada planta lleva un chip RFID. El sensor mide humedad, temperatura y movimiento del suelo; los datos viajan por satélite hasta una plataforma que alerta si una especie muere antes de tiempo. Es la primera vez que Perú espía a sus árboles para salvarlos.

El turismo que paga su propio rescate

El turismo que paga su propio rescate

La pieza que falta en el rompecabezas es el bolsillo del visitante. A partir de julio, el ticket de ingreso incluirá un recargo de 3 soles (0,8 USD) destinado al mantenimiento del vivero. La medida parece mínima, pero multiplicada por 1,5 millones de turistas anuales genera 4,5 millones de soles. Con ese dinero se riegan, se podan y se vigilan los árboles durante los primeros cinco años, cuando el riesgo de mortalidad supera el 40 %.

La ministra lo deja caer sin aspavientos: «No se trata de filantropía, es cuenta corriente ecológica». El mensaje es clarito: quien quiera la selfie con Huayna Picchu de fondo deberá financiar también la raíz que evita que el cerro se derrumbe.

El reloj corre contra el clima. El último informe del Senamhi advierte que la estación seca en Cusco se alargó 17 días en la última década. Cada día sin lluvia es un día más que el suelo se desangra. Por eso, cuando el sol cortó la niebla y los primeros árboles quedaron plantados, los trabajadores no aplaudieron: regaron. El silencio fue más elocuente que cualquier discurso.

Machu Picchu salvó su nombre en español; ahora deberá salvar su nombre en verde. Si el millón de árboles prospera, la ciudadela continuará flotando entre nubes. Si fracasan, el recuerdo será un postal sin bosque y, peor aún, sin agua. La próxima vez que subas la escalera de Huayna Picchu, cuenta: cada queuña a tu lado es un soldado más en la trinchera contra el olvido.