Macron arma la revuelta contra visa y mastercard: quiere un euro digital sin dueño extranjero

Emmanuel Macron ya no quiere que cada vez que un francés pague un café se lo anote un servidor de San Francisco. En un vídeo que circuló ayer entre banqueros y comerciantes, el presidente galo elevó la apuesta: o Europa se fabrica su propia red de pagos o seguirá siendo «un anexo digital de Wall Street».

Una factura de 50.000 millones que nadie audita

La advertencia no es retórica. Los bancos franceses abonan cada año unos 50.000 millones de euros en comisiones a dos empresas que, en teoría, solo «transportan» bits. Lo que nadie cuenta es que esos bits pasan por cables que la NSA ya monitorizó en 2013 y que la jurisdicción que las regula es el Departamento del Tesoro, no Bruselas.

La respuesta de París se llama Wero, la billetera europea que desde 2025 opera en Alemania, Bélgica y Francia. En la práctica es un «Bizum» con pasaporte comunitario: sirve para pagar el supermercado, dividir la cena o enviar dinero a un amigo sin que la transacción toque suelo estadounidense. El truco está en la infraestructura: usa el esquema SEP Instant, el mismo que los bancos ya emplean para transferencias inmediatas, pero sin tarjetas de por medio.

Macron no habla de opción, habla de supervivencia. «Si mañana Washington veto a Rusia fue ayer», dice un asesor del Elíseo que pidió no ser citado, «¿quién nos garantiza que no apriete el grifo a un banco francés por vender quesos a Irán?».

El momento en que la ue descubrió su propio cable

El momento en que la ue descubrió su propio cable

La batalla técnica ya se libra en los laboratorios del BCE. Allí, los técnicos prueban un «euro digital» que no necesita blockchain ni mineros, solo una base de datos distribuida entre bancos centrales. La cifra habla por sí sola: cada día se ejecutan 2.000 millones de transacciones con tarjeta en la eurozona y el 96 % pasan por Visa o Mastercard. Traducido: si alguna de las dos susp servicio, el continente se queda sin combustible, sin Amazon y sin Uber en cuestión de horas.

La industria francesa ya empuja. Carrefour y Leclerc integrarán Wero en sus apps antes de verano; BNP Paribas y Crédit Agricole lo ofrecerán como cuenta predeterminada para menores de 30 años. El premio es jugoso: ahorrarse el 0,3 % que ahora se fuman los gigantes de las tarjetas equivale, solo en Francia, a 1.200 millones al año.

Falta la pieza alemana. Sin Berlín, Wero es un grito en el desierto. Pero Olaf Scholz, otro que ha visto cómo SWIFT se convirtió en arma geopolítica, ya encargó a su ministro de Finanzas un «estudio de viabilidad» que, según fuentes parlamentarias, concluirá en octubre: o se suman o se quedan fuera del nuevo circuito.

Mientras tanto, Visa y Mastercard miran a París con la sonrisa de quienes saben que, por ahora, siguen siendo los dueños del cable. Su argumento es old school: «Somos la red que más invierte en ciberseguridad». Lo que omiten es que esa red tiene su centro de mando en Washington y que, en caso de conflicto, la ley estadounidense obliga a obedecer primero al Tesoro que al cliente.

La próxima vez que un turista americano pague un croissant en la orilla del Sena, quizá lo haga con Wero y no con Visa. Será un pago de 3 euros, pero también la constatación de que el poder ya no flota en dólares, sino en el código que nadie quiere que esté bajo tejado ajeno.