Macron huye a asia para salvar a europa del chantaje del petróleo iraní

El Élysée confiesa lo que nadie quiere decir en voz alta: el bloqueo del estrecho de Ormuz ha puesto a Francia contra las cuerdas y Macron embarca hacia Tokio y Seúl con la maleta llena de urgencias que Bruselas no sabe cómo digerir.

La guerra en Irán cumple dos meses y el precio del barril ha traspasado el techo que la Reserva Estratégica de París consideraba «escenario apocalíptico». El despacho oval del Elíseo calcula que cada semana de conflicto le cuesta al país 1.200 millones de euros en sobrecostes de importación. La factura ya supera los 9.600 millones. Lo que nadie cuenta es que Japón y Corea, los dos destinos del viaje presidencial, compran hasta el 68 % de su petróleo por la misma ruta que ahora Teherán tiene secuestrada.

El «partenariado de excepción» que parís necesita reactivar ya

El cuarto viaje de Macron al archipiélago nipón no es ceremonial: Francia ha perdido el tren de la reconversión nuclear y necesita que Mitsubishi vuelva a mirar hacia Flamanville. El contrato de 2013 –ese que los diplomáticos llaman «el matrimonio sin divorcio»– incluye una cláusula de suministro de uranio enriquecido que, de momento, Japón no ha denunciado. En Seúl, la misión es aún más delicada: Lee Jae-myung acaba de anunciar un plan de 42.000 millones para dominar la batería de estado sólido. París quiere que al menos 8.000 lleguen a Dunkerque.

La cumbre del G7 en Evian, prevista para junio, se ha convertido en una coartada. El anfitrión necesita que los invitados compartan la factura de una coalición naval que nadie se atreve a llamar «misión de guerra». La cifra habla por sí sola: 3.500 millones anuales solo en escolta de buques tanquero. La diplomacia gala propone un fondo rotativo pagado por los principales importadores, pero Alemania mira a otro lado y Estados Unidos exige liderazgo absoluto. De ahí que Macron lleve a bordo a treinta jefes de empresa: si el Estado no puede pagar la flota, que lo haga Lafarge, Total y Naval Group.

140 Años de relaciones que ahora se miden en días de reserva de crudo

140 Años de relaciones que ahora se miden en días de reserva de crudo

En Seúl, la banda de guerra ensaya ya el La Marseillaise en el patio de honor del palacio presidencial. Será el 2 de abril, justo cuando las reservas francesas de crudo toquen su mínimo histórico: 90 días, dos menos del umbral legal. El aniversario diplomático se convierte así en un reloj de arena. Corea del Sur, que importa el 86 % de su energía, ha abierto un crédito contingente de 15.000 millones con el Banco de Francia. A cambio, quiere la patente del reactor EPR2 y acceso preferente al mercado europeo de coches eléctricos. El trato se firmará en el mismo despacho donde, en 1886, se rubricó el primer tratado de amistad.

Macron aterrizará en Tokio con Brigitte y con el jefe de la DGSE, Bernard Émié, en la parte trasera del avión. No es casual: los servicios franceses creen que el ataque israelí del 28 de febrero fue decidido en un despacho de Tel Aviv al que también tenían acceso dos asesores japoneses de seguridad energética. El objetivo de la contrainteligencia gala es saber si Tokio recibió aviso previo y, de ser así, por qué París no fue informada. El Quai d'Orsay ya ha ordenado a su embajador en Seúl que clasifique como «urgente reservada» cualquier cable que mencione la palabra Ormuz.

El viaje terminará el 3 de abril en Busan, frente al astillero más grande del mundo. Allí, Macron subirá al portaaviones Munmu the Great y prometerá que las fragatas francesas volverán a patrullar el mar Amarillo. La foto será para la portada de Le Figaro, pero la verdadera razón es otra: Corea ofrece bunkering gratuito a la flota europea si París garantiza el suministro de gas licuado hasta 2027. La firma del memorando está prevista para las 18:30, hora local. A esa misma hora, en París, el termómetro de la A-1 circulará el informe semanal de reservas. Si baja de 85 días, Macron volverá a encontrarse con una Francia que ya no habla de autonomía estratégica, sino de racionamiento.

La gira asiática, en definitiva, es un paréntesis de 96 horas para negociar lo que Europa no se atreve a decir en voz alta: que sin petróleo iraní, el proyecto comunitario huele a gasóleo quemado y las vacaciones de Semana Santa se cancelan por falta de keroseno.