Margarita maza, la mujer que llevó el peso del exilio mientras juárez salvaba a méxico
Margarita Maza cumplió 44 años y murió culpándose de la muerte de sus hijos. En vida, la llamaron «madre de la patria», pero el título le llegó cuando ya solo le quedaban seis de doce hijos y el marido, Benito Juárez, vagaba por el desierto del norte con la república en una carreta.
Una novia de 17 años y un sirviente que se convertiría en presidente
El 31 de julio de 1843, en Oaxaca, la adolescente Margarita se casó con el zapoteco que alguna vez haba limpiado los zapatos de su padre. Él tenía 37, una carrera jurídica incipiente y dos hijos de una relación anterior. Nadie sospechaba que ese hombre silencioso acabaría enfrentando a Napoleón III y que ella, desde el exilio, le sostendría la espalda con cartas llenas de lágrimas y colectas entre diplomáticos.
La intervención francesa los desgarró. En junio de 1863, Juárez huyó de la capital con el archivo nacional bajo el brazo. Margarita embarcó a sus nueve hijos rumbo a Nueva York: el más pequeño, Antonio, tenía meses; el mayor, José, moriría de tifus antes de fin de año. La noticia llegó por barco. Juárez escribió a su cuado: «Ya considerará usted todo lo que sufro. Pobre Margarita, estará inconsolable».

Cartas desde el abismo
Desde Manhattan, ella le respondió con una sinceridad que hoy escuece: «Prefiero mil veces la muerte a la vida que tengo; me es insoportable sin ti y sin mis hijos». Se culpaba por cada fiebre, por cada ataúd infantil. Cuando murió Antonio, el último, escribió: «La tristeza que tengo es tan grande que me hace sufrir mucho. si yo fuera de más valor ya lo hubiera hecho hace un año».
Juárez no pudo regresar. Firmaba decretos mientras le llegaban los restos en cajas de madera. La guerra seguía. Ella, entre diplomáticos y banqueros, recaudó dinero para comprar fusiles y consoló a otros exiliados que también lloraban muertos a distancia.

El regreso que no alcanzó a disfrutar
El 15 de julio de 1867, Juárez entró triunfante a la capital. Margarita llegó meses después y Veracruz la recibió con campanas y ramos de flores. Pero el cuerpo ya le fallaba. A finales de 1869 le diagnosticaron un tumor; murió el 2 de enero de 1872 con 44 años. La capital entera la despidió en un entierro laico que parecía un acto de justicia atrasada: las mujeres arrojaron claveles desde los balcones y los hombres descubrieron la cabeza bajo la lluvia.
Juárez quedó solo. Quedó la república, sí, pero también quedaron nueve hijos que nunca olvidaron a la madre que les enseñó a sobrevivir al exilio antes que aprender a sumar. En las cartas de Margarita no hay retórica patriótica: hay fiebre, leche derramada y la certeza de que salvar un país cuesta más de lo que los libros cuentan.
