Martínez se agarra al 0-0 en el azteca como si fuera oro

Roberto Martínez salió del Estadio Azteca como quien cierra un libro de cuentos: con la última página en blanco, pero la historia completa. Portugal no marcó, tampoco México, y el empate a cero se convirtió en su coartada perfecta para hablar de «proceso» y de «conceptos» cuando el marcador gritaba «puntos perdidos».

El técnico español habló de «altura», de «cinco días de trabajo» y de «siete cambios al descanso» como si el partido hubiera sido un experimento de laboratorio y no un amistoso que se juega ante 70 000 almas que quieren goles. «Me voy satisfecho», dijo, y nadie le discutió. Porque en el fútbol moderno el resultado importa menos que la narrativa.

Vitinha, el único nombre que suena a titular

Mientras Cristiano Ronaldo sigue en la nevera, Vitinha ha pasado a ser el refrigerio de Martínez. El centrocampista del PSG fue el único que pareció leer el guion en una noche donde el balón corrió más que las ideas. «Está en un nivel excelente», dijo el seleccionador, como quien describe a un alumno que ya sabe la lección de memoria.

Lo que Martínez no mencionó es que Portugal dominó sin transformar. Tuvo 65 % de posesión y sólo tres tiros entre los tres palos. México, con menos estrella y más desparpajo, terminó el partido más cerca del gol que los lusos. El Azteca, ese estadio que el español calificó de «mágico», se quedó sin magia pero con una lección: tener el balón ya no garantiza nada.

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Portugal ya piensa en Uzbekistán, Colombia y un rival que saldrá de la república Democrática del Congo o Jamaica. Martínez habló de «conclusiones» y de «aprendizajes», pero lo cierto es que le quedan sólo dos meses para convertir la posesión en goles. El 0-0 del Azteca puede parecer un punto de partida, pero también puede ser el primer síntoma de un problema que no se arregla con palabras.

El martes viene Estados Unidos, que acaba de recibir cinco de Bélgica. Si Portugal no marca de nuevo, la narrativa ya no servirá. El fútbol, al final, siempre habla con números. Y el 0-0, por mucho que se maquille, sigue siendo un cero redondo.