Miky huidobro dispara su bajo contra morena y desata la furia del escenario

Miky Huidobro subió al escenario Fusión con la barba canosa y la misma camisa negra que usó para desafiar al poder. A las 15:35, en medio del ruido del Tecate Pa’l Norte, el bajista de Molotov no solo tocó doce canciones: volvió a prender la mecha del debate político que él mismo encendió hace meses contra la 4T.

Lo que nadie cuenta es que el músico empezó la jugada antes de tocar la primera nota. En un video que circuló entre el público, Huidobro se presentó como “el gentleman del rock” y anunció que su show estaba “patrocinado por el PRIAN”. La frase, dicha con la misma ironía que destila su bajo, fue una respuesta calculada a quienes lo acusan de aliarse a la derecha tras sus críticas a Andrés Manuel López Obrador y a Claudia Sheinbaum.

La provocación como setlist

El concierto fue un experimento de dos cuerpos: Huidobro y la baterista Silvana Vega. Sin el muro de guitarras de Molotov, el sonorizado quedó descarnado y el mensaje, más nítido. En “Changa su madre” y “Ecoloco” se escuchó la misma rabia que en 1997, pero ahora dirigida contra el oficialismo que, según él, convirtió a México en “país bien chingón” solo para algunos.

La polémica no es nueva. En octubre pasado, en el Palacio de los Deportes, Huidobro estrenó la frase que lo convirtió en trending topic: “Antes éramos un país bien chingón”. La afirmación fue leída como una declaración de guerra por militantes de Morena, que desde entonces lo etiquetan como “vocero del PRIAN”. El músico, lejos de retractarse, la ha repetido en cada entrevista, cada concierto, cada Instagram Live.

El rock como espejo partido

El rock como espejo partido

La ironía del caso es que Molotov nació para golpear a todos los partidos. En 1997 “Gimme tha power” denunciaba al PRI; en 2024 el mismo himnario se usa para cargar contra Morena. El escenario Fusión se convirtió así en un laboratorio de memoria: los treintañeros que coreaban el estribillo en los 90 ahora lo cantan con sus hijos adolescentes, todos preguntándose si el país cambió o si el rock ya no pega igual.

Pero hay un detalle que los hashtags ignoran: Huidobro no pide el voto para nadie. Su crítica es un espejo roto que refleja a quien se mire. Cuando grita “¡Viva el PRIAN!”, en realidad está desnudando la lógica binaria que reduce la disidencia a cartel político. El chiste, como su bajo, tiene un riff de contundencia: si todos lo odian, tal vez algo está haciendo bien.

Al final del set, el bajista soltó el instrumento, saludó con la mano enguantada y se fue sin bis. No pidió aplausos, no prometió cambio, no lanzó consigna. Silencio de 3.000 personas que acababan de pagar 100 pesos por una broma y se llevaron una pregunta a casa: cuando el arte deja de molestar, ¿sigue siendo arte? La respuesta, en el aire todavía caliente de Monterrey, huele a cerveza derramada y a réplica pendiente en redes. La función continúa, y el bajo de Huidobro ya apuntó otra cuerda floja del poder.