Min aung hlaing se despide del uniforme para vestir de presidente sin engañar a nadie

El general Min Aung Hlaing ha colgado hoy el sable en la percha, pero no la ambición. Su dimisión como jefe de la junta militar es un paso lateral calculado: quiere la presidencia de Birmania sin disfraz de soldado, aunque el país siga ardiendo desde el golpe de 2021.

El trámite se ha producido apenas 48 horas después de que la nueva Cámara Baja —embaulada por la dictadura— lo incluyera en la lista de candidatos a vicepresidente. Un cargo que, en teoría, debería competir con otros dos aspirantes. En la práctica, el Parlamento recién estrenado es un corral donde los militares marcan el paso. El recuento de votos de enero ya lo adelantó: el Partido Unión Solidaridad y Desarrollo arrasó en medio de boicots, censura y tiros en la nuca a quien se atrevía a protestar.

La farsa electoral que nadie compró

La Liga Nacional para la Democrática, la formación de Aung San Suu Kyi, sigue disuelta y su líder condenada a 27 años de cárcel. Los observadores internacionales ni siquiera se molestaron en desplazarse: sabían que el guion estaba escrito en los cuarteles. El resultado: 92 % de escaños para los uniformados y sus testaferros. Un porcentaje que en cualquier democracia sería sospechoso; en Birmania, directamente un insulto a los más de 2.500 civiles asesinados desde la putsch.

Min Aung Hlaing, ingeniero de 69 años curtido en la represión de los rohinyás, ha sido el artífice de esta metamorfosis. Primero se inventó un fraude electoral para justificar el golpe. Después, declaró el estado de emergencia y se autoproclamó primer ministro. Ahora se quita la gorra para ponerse la corbata. El viernes, mientras ensayan el desfile militar del Día de las Fuerzas Armadas, anunciará los nuevos ascensos: una forma de garantizar que, presidente o no, los generales seguirán mandando desde la sombre.

El país que no perdona

El país que no perdona

Mientras tanto, la guerra civil se ha vuelto rutina. En Kachin, Kayah y Rajine los drones chinos y los helicópteros rusos bombardean aldeas enteras. La resistencia, armada con fusiles de caza y artesanía casera, ha convertido las carreteras en minas. El ejército responde con incendios de pueblos y reclutamiento forzoso de adolescentes. La ONU habla de 2,6 millones de desplazados; la cifra crece cada semana que Min Aung Hlaing juega a ser estadista.

Su próximo paso será jurar la Constitución que él mismo redactó en 2008: un texto que reserva el 25 % de los escaños a los militares y blinda la impunidad. La oposición exiliada ya avisa: «No reconocemos al ladrón que se corona rey». En Rangún, los mercados negros de armas florecen. En las montañas, los cadáveres se apilan. Y en Naypyidaw, el general que nunca ganó una elección prepara su discurso de investidura.

La ironía es brutal: el hombre que abolió la democracia ahora quiere legitimarse con ella. Pero en Birmania los muertos no votan. Y los vivos, cada vez menos, se atreven a protestar.