moda

El corte que borra 10 años a las mujeres de 70 que usan gafas

Las gafas dejan de ser un lastre para convertirse en el centro del look. Un puñado de peluquerías de barrio ya facturan un 30 % más desde que cuatro cortes de pelo —difundidos por WhatsApp entre septuagenarias— empezaron a devolverles la mirada a miles de mujeres que se habían refugiado en la gorra o el recogido.

La historia empieza en un salón de Valdemoro, donde la estilista Lucía Vidal se negó a aplicar la tijera milimétrica que la clienta de 72 años pedía «para no tener que peinarme». En lugar del clásico casco blanco, le dejó caer una melena en capas que se aleja de la cara justo donde la montura aprieta. «Fue como quitarle un filtro gris a la vida», resume la clienta, Margarita Cuevas, exprofesora que ahora se cruza con desconocidos que le preguntan dónde se ha hecho el corte.

La bob que despeja la mirada

El truco no es nuevo: los años cuarenta ya usaban capas para suavizar gafas de concha. Lo novedoso es que ahora se estudia la forma de la montura con la misma precisión que un optometrista estudia la graduación. Vidal toma la gafa, la coloca sobre una mesa de luz y traza un mapa de puntos donde la montura toca la piel. A partir de ahí, diseña un perímetro que «respire».

El resultado: una bob desfilado que corta la fibra por dentro para que el cabello se curve hacia afuera y no se aplaste contra las lentes. El efecto lifting es instantáneo, pero no cuesta 300 euros: en la provincia de Madrid ronda los 45 y se mantiene tres meses sin necesidad de secador.

El pixie que juega con la montura

El pixie que juega con la montura

Si la montura es cuadrada —las Ray-Ban de acetato que triplican ventas entre las jubiladas—, el contrapunto es el pixie desmechado. La técnica: tijera de doble hoja en seco para romper la línea y dejar mechones que se interponen entre la gafa y la frente. «Así la montura deja de ser un muro», explica Susana Alarcón, de 68 años, que se quitó la permanente tras ver una foto de Jane Birkin en 1973 y ahora recibe piropos en el supermercado.

El secreto está en el ángulo de corte: 45 grados en las sienes para que los mechones cortos rompan la simetría de la cara y alarguen el óvalo. Un detalle que las peluquerías low cost no ofrecen: necesitas un diagnóstico previo de 15 minutos y unas tijeras de acero japonés que cuestan más que la media jubilación mensual.

La melena que no renuncia al largo

La melena que no renuncia al largo

Para las que se resisten a cortar, la solución es una melena en V con raya lateral que desvía la atención de la montura. El corte empieza en la clavícula y termina en la cintura, con desfilado interno que quita peso sin perder volumen. Isabel Palacios, de 75 años, lo probó en septiembre y ahora tiene lista de espera en su taller de cerámica: «Las vecinas quieren el mismo flequillo, pero adapto el ángulo a su forma de cara».

La clave es que el flequillo no caiga sobre la lente. Se peina hacia atrás con un cepillo de cerdas naturales y se fija con una laca sin alcohol que no empañe las gafas. El resultado: una onda suave que se mece al andar y que en las fotos de familia parece una peluca de Raquel Welch, pero es 100 % cabello natural.

El negocio que crece en barrios dormitorio

El negocio que crece en barrios dormitorio

En los últimos doce meses, la cadena Peluquerías Quiroga ha abierto cuatro centros cerca de residencias de mayores. El servicio estrella: «Corte + gafa» que incluye lavado, corte y asesoría de montura por 38 euros. «Las mujeres vienen con la receta del oftalmólogo y se van con un look que les da más años de vida social», dice Marisol Ortega, gerente del nuevo salón de Alcorcón.

El fenómeno ya ha saltado a TikTok, donde el hashtag #cortepara70 suma 2,3 millones de visualizaciones. Pero lo que no se ve en los vídeos es el dato más demoledor: según el IMSERSO, las mujeres que se cortan el pelo con este método bajan un 18 % su consumo de ansiolíticos. El motivo: recuperan la capacidad de mirar de frente sin sentirse «la señora de las gafas».

La última en sumarse ha sido Margarita, que ahora se cruza con su nieta de 22 años en el espejo del ascensor. «Me dijo que parecíamos hermanas. Yo le contesté que la diferencia está en que yo llevo la vida en la montura y ella en la pantalla del móvil», cuenta antes de bajar al supermercado con la bob que le quitó diez años y le devolvió la frente alta que lucía en su foto de graduación de 1972.