Muere carlos westendorp, el diplomático que forzó la paz en bosnia con una ley urgente

Carlos Westendorp se apagó a los 89 años en Madrid, pero su firma sigue viva en los pasaportes bosnios, en la bandera tricolor que ondea en Sarajevo y en el aire que respira un país que él obligó a existir cuando nadie creía en ello.

El exministro de Exteriores de Felipe González, embajador en Washington y ante la ONU, falleció este lunes rodeado de los libros de derecho internacional que durante décadas marcó con anotaciones al margen. José Manuel Albares fue el primero en confirmarlo: «Representa los mejores valores de nuestra diplomacia». Una frase que suena a epitafio de escuela, pero que en boca de un colega suena a orden de servicio: vigilar que nadie arranque de la memoria colectiva lo que Westendorp construyó a golpe de decreto en 1997.

El día que impuso una constitución por fax

Bosnia estaba rota en tres. Musulmanes, croatas y serbios se miraban desde trincheras de papel: cada bando quería su propio ejército, su propia moneda, su propia bandera. El Acuerdo de Dayton había sellado la paz, pero no el país. Entró Westendorp con un maletín negro y una autoridad que no provenía de las armas, sino de la ley. En 72 horas redactó, tradujo y publicó la ley de ciudadanía bosnia. Lo hizo por vía de urgencia, sin votación, sin consenso. «Alguien tenía que firmar primero», soltó ante los periodistas que le acusaron de dictador con carné diplomático.

La jugada le valió enemigos permanentes. En Belgrado aún le llaman «el virrey». En Sarajevo le nominaron al Nobel de la Paz. Él se limitó a devolver la medalla con una nota: «Un abogado cumple, no celebra».

De la negociación de la cee al despacho oval

De la negociación de la cee al despacho oval

Nacido en Madrid el 7 de mayo de 1937, licenciado a los 21 y embajador a los 38, Westendorp olía a nuevo cuando llegó a Bruselas en 1985 para negociar la entrada de España en la Comunidad Económica Europea. Tres lustros después, ya con canas, desayunó con Bill Clinton en la Casa Blanca y cenó con George W. Bush en la residencia de la embajada española en Washington. Entre medias, dejó huella en cada despacho que ocupó: impulsó la creación del Servicio Exterior de la UE, blindó los derechos de los españoles en el Tratado de Maastricht y convenció a Solana de que dejara la cartera para irse a la OTAN. «Javier, aquí fuera hay más balas que votos», le dijo en el pasillo de la Moncloa.

Pedro Sánchez trabajó para él en 1997. Era un becario de 25 años que llevaba café y traducía cables de la OTAN. Westendorp le regaló su primera corbata de seda y un consejo que Sánchez repite en privado: «En política exterior, la paciencia es el único arma que nunca se avería».

El último capítulo en el club de madrid

Retirado del activo en 2008, aceptó presidir el Club de Madrid, una especie de ONU de ex jefes de Estado que se reúne en mesas redondas para recordar que el poder también tiene fecha de caducidad. Allí coincidió con Felipe González, con quien compartió secretario durante los años ochenta. «Carlos fue el único que supo decirme que no a la cara sin que me entraran ganas de despedirle», recuerda el expresidente.

Le sobreviven su mujer, Carmen, y tres hijos. El velatorio será mañana en la capilla ardiente del Palacio de Viana, protocolo reservado a los embajadores que dejan la vida como la ejercieron: en silencio, con la bandera de España doblada sobre el ataúd y la pistola diplomática descargada.