Muere de golpe chandrikapersad santokhi, el presidente que devolvió la calma a surinam
Paramaribo se quedó sin aliento esta madrugada. Chandrikapersad Santokhi, el hombre que sacó a Surinam del default y devolvió al país su sitio en la mesa del Caribe, colapsó en su casa de la calle Henck Arronstraat y falleció a los 67 años antes de que la ambulancia cruzara el puente de la Surinamerivier. La presidenta Jennifer Geerlings-Simons lo confirmó con una frase que sonó a epitafio: «Se apagó la luz de quien creía que la política podía ser decente».
Un presidente que gobernó sin estridencias y murió en silencio
El Hospital Universitario recibió a las 03:42 un cuerpo sin pulso y una pregunta que nadie se atrevía a responder: ¿qué mató al líder que acababa de entregar el poder sin un solo escándalo? El parte médico aún circula con el sello de «causa desconocida». En los pasillos, enfermeras que atendieron la emergencia susurran «infarto fulminante», pero la familia ha pedido reserva y el Instituto de Medicina Legal no fijará fecha para la autopsia hasta que la viuda, Nisha Santokhi-Haynes, firme el consentimiento.
El dato huele a desgaste. Santokhi llegó al palacio de Gobika in 2020 con el VHP y una promesa que parecía folclore: «Terminaré el mandato sin un centavo en paraísos fiscales». Cumplió. Dejó el cargo en mayo de 2025 con las cuentas públicas saneadas, el déficit en 1,2 % del PIB y un país que, por primera vez en tres décadas, no figuraba en los índices de los más corruptos de Transparency International. El costo fue personal: perdió 18 kg, le salieron canas de prisa y empezó a dormir cuatro horas. «Me duele el país», le dijo a un ayudante la noche de su último discurso. El ayudante pensó que era metáfora.

El caribe llora al tímido integracionista que impuso la hora de paramaribo
Caricom lo recuerda con un adjetivo que no se regala: «regionalista». Entre julio y diciembre de 2022, cuando le tocó presidir el bloque, Santokhi impuso dos normas que nadie había osado tocar: amplió el catálogo de profesiones del mercado único caribeño y obligó a que Haití tuviera voz en las negociaciones comerciales. No lo hizo con arengas, sino con paciencia de contador: reunió 17 veces a los ministros de Comercio, repartió cafés guayacán y repitió la misma frase hasta que sonó inevitable: «Si excluimos al más pobre, todos seremos más pobres». Logró que los 15 socios firmaran. El secretario general, Carla Barnwell, confiesa: «Nos dejó un manual de integración que nadie había escrito».
En la oposición, donde volvió a sentarse tras perder las elecciones de 2025, lo esperaban con una libreta negra. Iba a denunciar el contrato secreto de bauxita con la multinacional rusa RUSAL que heredó del anterior gobierno. El expediente aún está en su escritorio, bajo llave, con una etiqueta escrita a mano: «Presentar en abril». Abril llegó, pero Santokhi no.
El sepelio será privado. La familia ha pedido que, en vez de flores, quienes lo quieran donen libros escolares a la biblioteca pública de Wanica, el distrito donde nació en 1958 y donde su padre vendía dhall puri en la esquina. El VHP anunció que no hará actos políticos: «Él odiaba el circo». Queda una foto del 30 de mayo de 2020, la noche de su victoria: Santokhi subido a una mesa de madera, sin corbata, gritando «¡Surinam primero!» mientras la multitud estallaba. La imagen ya circula por WhatsApp con una leyenda que duele: «Se fue antes de que le diéramos las gracias». En el palacio, su antiguo despacho sigue cerrado. Dentro, sobre la mesa, un cuaderno con la última anotación: «Recortar deuda, crecer juntos». La tinta aún está fresca.
