Muere el hombre que intentó apagar argelia cuando el país ardía
Liamine Zéroual se ha llevado el sábado a la tumba el recuerdo de unos años que Argelia prefiere olvidar: los de la «década negra», cuando los cadáves se apilaban en las cunetas y las balas perdidas buscaban mezquita o cuartel con la misma saña. Tenía 85 años y llevaba meses relegado al silencio de un hospital militar de Argel, donde la longeva enfermedad que lo minaba terminó por vencerlo.
De uniforme a candidato: la paradoja que le salvó y le condenó
El exgeneral saltó del Ejército a la Moncloa argelina en enero de 1994, cuando el país olía a pólvora y la suspensión de las elecciones de 1991 —ganadas por el Frente Islámico de Salvación— había encendido la mecha de una guerra civil que nadie sabía hasta dónde llegaría. Su promesa fue simple: legitimidad electoral o barbarie. Ganó en 1995 con el 61 % de los votos, un porcentaje que diplomáticos europeos calificaron entonces de «mandato contra la violencia» más que respaldo personal. Ahora, los cables desclasificados publicados por Asharq al Awsat revelan que hasta el Quai d'Orsay se sorprendió: París creía que el uniforme no se quitaba tan fácil.
La fórmula falló. Durante su mandato, hasta 1999, el GIA y su escisión, el GSPC, multiplicaron atentados, masacres y secuestros. Las fuerzas de seguridad respondieron con desapariciones y confesiones bajo tortura. El saldo: más de 100 000 muertos, según cifras oficiales que nadie se atreve a auditar. Zéroual, a diferencia de otros jefes de Estado que se parapetan en el bronce, optó por la retirada completa. Se fue a casa sin mirar atrás. Ni siquiera cuando, en 2019, los jefes del mismo Ejército que lo catapultó le ofrecen liderar la transición tras la caída de Bouteflika. Dijo que no. Y no hubo réplica.

El silencio que delata a una élite
Su muerte deja un vacío que no es solo biográfico. Argelia sigue sin juicios por crímenes de lesa humanidad, sin comisión de la verdad, sin reparación. El general que se convirtió en presidente y luego en ciudadano anónimo se llevó consigo los nombres de los días oscuros. Nadie sabe —ni parece querer saber— si guardaba carpetas o recuerdos. El país prefiere mirar al Mediterráneo que al espejo.
En los cafés de Argel ya circula la misma frase: «Se nos fue el último que, al menos, se presentó a votación». Es un epitafio mezquino, pero revelador. Porque cuando el silencio es la única herencia, la historia no cierra; se pudre. Y Argelia, que lleva décadas enterrando cadáveres sin nombre, acaba de enterrar también al hombre que pudo darles voz. No lo hizo. Y esa ausencia hablará por él durante años.