Muere un casco azul en el sur del líbano: la guerra arrasa incluso a quienes custodian la paz

Un proyectil estalló anoche dentro de una base de la UNIFIL cerca de Adchit Al Qusayr y dejó a un soldado de la paz muerto y a otro herido de gravedad. Nadie se ha atrevido a firmar el disparo; la ONU habla de «origen desconocido», pero en el sur del Líbano los mapas de fuego los dibujan, desde hace cinco meses, los aviones israelíes y los lanzacohetes de Hizbulá.

El ataco que nadie reivindica

La misión de la ONU apenas tuvo tiempo de confirmar el fallecimiento antes de que la portavoz Kandice Ardiel recordara lo que ya había denunciado la semana pasada: restos de misiles han caído sobre posiciones de la UNIFIL en al menos media docena de ocasiones. La base atacada anoche alberga a soldados de países que no están en guerra con nadie; sin embargo, anoche un contingente europeo perdió a uno de los suyos por un estallido que, según el informe preliminar, provenía del exterior del perímetro y no del aire.

La reticencia a apuntar hacia el cielo o hacia la frontera obedece a la misma lógica que desde 1978 obliga a la misión a mantener la neutralidad: señalar a un bando es convertirse en blanco para el otro. Pero la realidad del terreno es tozuda: Israel ha bombardeado casi a diario el sur del Líbano desde que Hizbulá abrió un frejo secundario contra el Estado judío para apoyar a Hamás; Hizbulá, a su vez, ha lanzado más de dos mil proyectiles contra el norte de Israel. En medio, soldados irlandeses, indonesios, españoles y colombianos intentan sobrevivir custodiando una línea de alto el fuego que hace tiempo que dejó de existir.

La cifra que crece mientras el mundo mira gaza

La cifra que crece mientras el mundo mira gaza

El Ministerio de Sanidad libanés actualizó esta madrugada el balance: 1.189 muertos y 3.427 heridos desde que comenzó la ofensiva israelí. Solo en la localidad de Chaqra, nuevos bombardeos de madrugada dejaron cinco cadáveres más. La cifra habla por sí sola: cada día se suma un pueblo entero a la lista de víctimas, pero la atención internacional permanece anclada en la Franja. El sur del Líbano se ha convertido en un eco lejano, a pesar de que la guerra allí ya no es ni simbólica ni proporcional.

La UNIFIL, con 10.000 efectivos, sigue patrullando entre escombros y sirenas. La última vez que perdió a un casco azul fue en 2015, también por fuego cruzado. Anoche se estrenó una nueva lápida en el cementerio de Naqoura. El secretario general de la ONU ha pedido «moderación»; Israel ha prometido «investigar»; Hizbulá guarda silencio. Mientras tanto, los cascos azules vuelven a salir a la carretera 90, la misma que ayer se llenó de humo y hoy de preguntas sin respuesta.

En el sur del Líbano la paz lleva casi medio siglo de uniforme y todavía muere de bala perdida.