Nácher dispara contra la semana santa playera: “no es feriado, es resurrección”

Mientras dos millones de hondureños ya empacan toalla y protector solar, monseñor José Vicente Nácher subió ayer a la escalinata de la Catedral de Tegucigalpa y soltó la frase que retumbó en la plaza: “La Semana Santa no es un acto cultural ni vacacional, es el resumen de nuestro seguimiento a Jesús”. El arzobispo habló bajo un sol de plomo, entre ramos de palma que olían a campo y a billete recién cambiado.

La contradicción fue instantánea. A pocos metros, vendedores ofrecían sombreros de paja a 20 lempiras y la fila para el autobús a Roatán daba la vuelta a la cuadra. La capital ya huele a coco y gasolina: el 95 % de los empleados públicos salió libre desde el viernes; el sector privado se suma este miércoles. La carretera al Caribe lleva seis horas de cola y el Ejército desplegó 3.500 efectivos para contener la avalancha de voluntades que, según Nácher, “se han olvidado del Gólgota”.

La misa que nadie quería oír

El Domingo de Ramos reunió a miles en la plaza Morazán, pero muchos apenas escuchaban. Grupos de Whatsop repicaban con ofertas de hotel en Copán a mitad de precio y los altavoces de la iglesia competían con la bocina de un bus que anunciaba: “¡San Pedro Sula directo, aire acondicionado!”. Nácher lo vio, respiró hondo y cargó: “No se trata de descansar, sino de convertirse”. Su voz se quebró al recordar que “incluso el pecado más grande, matar a Jesús, fue vencido por el amor”.

El mensaje cayó en medio del mayor éxodo interno del año. El Instituto Hondureño de Turismo calcula que la Semana Santa dejará 280 millones de dólares en playas, ríos y parques. La cifra habla por sí sola: cada hondureño gastará de promedio 140 dólares en alojamiento y cerveza, mientras la colecta del Domingo de Ramos apenas alcanzó los 8.000 lempiras en la Catedral.

El milagro que no aparece en las estadísticas

El milagro que no aparece en las estadísticas

La contrapartida no se mide en dinero. En el barrio López Arellano, la hermana Claudia Zepeda reparte atole de elote a presos que no tendrán visita esta semana. “Aquí nadie se va de vacaciones”, dice mientras sirve el primer cáliz a un reo por homicidio que lleva tres años sin ver el mar. En la Iglesia El Calvario, los actores ensayan el Viacrucis con cruces de madera de 15 kilos que dejarán ampollas en sus hombros. “Es la única playa que nos queda”, bromea uno de ellos, marcado por la corona de espinas de alambre de púas.

Nácher terminó su homilía con una petición que sonó a ultimátum: “Que esta Semana Santa una las familias, que la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo llegue al corazón de cada ciudadano”. Luego bajó los escalones, se persignó y se metió en un Toyota Corolla gris sin placas diplomáticas. Atrás quedaba la plaza, donde los ramos ya se convertían en souvenirs y los vendedores gritaban: “¡Dos palmas por diez lempiras!”. La resurrección, por hoy, cuesta menos que una coca cola.

Lo que nadie cuenta es que la próxima semana, cuando regresen los bañistas, la basura en Tela pesará 140 toneladas más y los socorristas habrán rescatado al menos 37 ahogados. La promesa de Dios, según Nácher, “es más fuerte que las amenazas de los perseguidores”. Pero la seducción del mar y el descanso sigue ganando la partida. La fe, en este país, compite contra el check-in en Instagram y gana por goleada en los titulares, no en la arena.