Nahuizalco desata la semana santa: palmas, tambores y fe que retumban en el salvador

El sol apenas asomaba cuando el burro de madera que porta a Jesús ya olía a flores frescas y a humo de pólvora. Miles de salvadoreños desbordaron ayer las calles empedradas de Nahuizalco para arrancar la Semana Santa con un estallido de tambores, palmas y ese incienso que se mete en la garganta como promesa de resurrección.

La procesión del Domingo de Ramos no es un simple desfile piadoso; es el termómetro emocional de un país que lleva décudas tratando de reconciliarse consigo mismo. Mientras el padre Óscar Mejía rociaba agua bendita sobre cabezas ansiosas, la multitud coreaba ‘¡Hosanna!’ con la misma intensidad con la que en otros tiempos se gritaban consignas políticas. La mezcla resulta desconcertante: fe y supervivencia se dan la mano entre los murales que aún guardan huellas de balazos de la guerra civil.

La calle se vuelve confesionario colectivo

La gente llega antes que las campanas. Se instala en las aceras con sillas de plástico colorido y lonas de lona publicitaria convertidas en toldos. Venden raspados y elotes; también rosarios de hule para los niños que aún no saben que, dentro de una semana, el mismo Cristo que hoy los mira desde el lomo de un burro será flagelado, crucificado y llorado hasta la extenuación.

Lo que pocos turistas captan es que cada palma doblada en forma de cruz lleva un nombre: el de un migrante que no regresó, el de un pandillero que sí volvió pero convertido en catequista, el de una madre que se quedó sola porque su hijo probó suerte en el ‘guiado’ hasta la frontera de Estados Unidos. La procesión avanza lenta para que esas historias alcancen eco.

En el atrio de la iglesia colonial, las mujeres de la cofradía reparten ramos mientras susurran advertencias: ‘Guarda tu crucecita detrás de la puerta del refrigerador, ahí se seca despacio y dura todo el año’. La superstición no es gratuita; protege contra la mala suerte que, según dicen, se cuela por las rendijas de la pobreza.

El tambor que mide la distancia entre fe y política

El tambor que mide la distancia entre fe y política

El alcalde llegó sin banda presidencial, pero con su séquito de seguridad privada. Se fotografía con los costaleros, promete asfalto nuevo para la calle que va a la plaza. Nadie le reclama; aquí la religión y la política comparten la misma logística: flores, música y un discurso que apela al perdón. El presidente Bukele, ausente pero omnipresente en los memes que circulan por WhatsApp, aparece en fotomontajes sosteniendo una palma gigante. El chiste dura lo que un trago de horchata.

La procesión termina cuando el sol pica fuerte y los músicos empujan el último redoble. Los devotos regresan a sus casas con la certeza de que la semana les exigirá más vigilias, más gasto en velas y, quizá, otra lágrima. El burro de madera vuelve al almacén parroquial; su lomo lleva grabado el polvo y la esperanza de un pueblo que, una vez al año, permite que la historia sagrada le devuelva el control del tiempo.

El domingo próximo, cuando resuene el ‘¡Cristo resucitó!’, Nahuizalco habrá contabilizado: 18 procesiones, tres bandas de guerra, un incendio forestal controlado a tiempo y, según la Policía, cero incidentes de violencia. La estadística huele a incienso y a gloria.