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Openai recorta sueños y quema 600.000 millones mientras se prepara para salir a bolsa

Sam Altman ha pasado de prometer revolucionar el comercio, el cine y el sexo virtual a cerrar esos tres frentes en 30 días. La razón: cada experimento le cuesta más de lo que ingresa y el reloj de la salida a Bolsa ya marca minutos. Con una quemazgo proyectado de 500.000 millones de dólares antes de 2030, OpenAI deja de ser el niño prodigio de Silicon Valley para convertirse en el adolescente que debe justificar el dinero que gasta.

Del cartel de la burbuja al ajuste de cuentas

La valoración trepa a 850.000 millones, pero los ingresos apenas rozan los 25.000 millones anuales. La proporción es tan abultada que hasta Uber —que tardó una década en dejar de sangrar— parece una tienda de barrio. La diferencia: Uber perdió 30.000 millones; OpenAI planea perder veinte veces más. El recorte de infraestructura, de 1,4 billones a 600.000 millones, no es austeridad; es supervivencia.

Instant Checkout, la tienda dentro de ChatGPT, naufragó tras cinco meses. Disney se enteró una hora antes que los inversores de que Sora, el generador de vídeo, desaparecía junto al contrato milmillonario que firmó. Los chatbots eróticos, anunciados como «tratar a los adultos como adultos», muren en el cajón de la vergüenza. Tres proyectos, tres portazos, un mismo mensaje: la fiesta de los demos tecnológicos se acabó.

El 75% de los ingresos depende de la suscripción

El 75% de los ingresos depende de la suscripción

Nueve cientos millones de usuarios semanales suenan a dominio global hasta que se miran los márgenes. El modelo actual —suscriptores y licencias corporativas— mantiene la máquina respirando, pero no viva. El ensayo publicitario apenas aportó 12 millones en seis semanas; una gota que evapora el desierto de gastos. El riesgo: que los anuncios personalizados por IA parezcan «creepy» y provoquen fuga de usuarios. La recompensa: aplazar el colapso.

Anthropic, con Claude, le roba clientes enterprise mientras Altman despide proyectos. Los inversores que ayer vitoreaban la «everything app» ahora exigen «focus execution». La lección es clara: en la próxima reunión de resultados no valen demos; hace falta un camino viable hacia el beneficio neto. La pregunta ya no es si la IA cambiará el mundo, sino si OpenAI podrá pagar la factura de luz antes de que el mundo cambie de canal.