Netanyahu cede ante la presión y devuelve la llave del santo sepulcro al patriarca
La madrugada del lunes, Benjamín Netanyahu se vio obligado a tragar sus propias razones de «seguridad» y devolvió la llave que jamás debió retener: el acceso del patriarca latino Pierbattista Pizzaballa a la Iglesia del Santo Sepulcro. Dos días después de que la Policía israelí le negara la entrada para celebrar una misa privada de Domingo de Ramos —cuatro personas, distancia de por medio, aforo permitido—, el primer ministro se desdijo en X con un escueto «instruyo a las autoridades para que se le conceda acceso pleno e inmediato».
Un veto que duró lo que un suspiro diplomático
El gesto, lejos de resolver el conflicto, lo ha agravado. La imagen de un cardenal italiano empujando una puja cerrada en la ciudad donde nació el cristianismo se ha convertido en el símbolo de una Jerusalén que ya no distingue entre peregrino y amenaza. Y la reacción fue unánime: Mike Huckabee, embajador de EE UU y evangelista de dudoso swing teológico, publicó que «con los rezos judíos no se ha sido tan estricto». Italia, Francia, Hungría, España y Portugal rubricaron la queja el mismo domingo. Para cuando Netanyahu rectificó, el daño estaba hecho: la Santa Sede ya había activado su maquinaria diplomática y los medios de todo el mundo titulaban sobre la «Cristiandad vetada en su propia cuna».
Detrás del episodio late la guerra con Irán que Israel libra en la sombra y que ahora se cuela hasta el último metro cuadrado de la Ciudad Vieja. El límite de 50 personas por recinto —impuesto tras el ataque iraní del 13 de abril— afecta por igual a sinagogas, mezquitas e iglesias, pero la interpretación policial dependía, hasta ayer, del color de la sotana. «Resulta difícil comprender o justificar que se le impida al patriarca entrar para una ceremonia privada», sentenció Huckabee, y la frase corre por WhatsApp entre los custodios cristianos de los Santos Lugares como una sentencia de verdad.

La pólvora de la guerra que se filtra por las losas del santo sepulcro
Pocos lugares concentran tanta historia y tantas llaves como este templo: hay seis confesiones cristianas que se turnan el control y un musulmán que guarda la puerta desde 1192. Añadir al equation a un Estado que se siente asediado convierte la liturgia en operación militar. La Policía israelí argumentó que «no podía garantizar la seguridad» de cuatro feligreses y un cardenal. Lo que no explicó es por qué ese mismo cuerpo sí escoltó a decenas de judíos ortodoxos que oraban a pocos metros, también por debajo del límite de 50. La contradicción saltó a las redes y, de la misma forma que un vídeo enciende una intifada, una fotografía de Pizzaballa ante la verja cerrada encendió la indignación global.
Netanyahu, maestro en lectura de pulsos internos, calculó que la factura política de mantener la prohibición superaba con creces el riesgo de dejar pasar al cardenal. Rectificar a las 2:13 de la madrugada no es casual: es la hora en que Europa duerme y Washington aún no se levanta, el momento perfecto para aminorar la presión sin ceder titulares. Pero en Tierra Santa los relojes van a destiempo y la imagen del patriarca girando sobre sus talones ya forma parte del archivo fotográfico del conflicto.
Jerusalén vive estos días bajo un cielo que huele a cieno de cohete y a incienso de vigilia. La guerra con Irán ha trasladado al casco antiguo el umbral del miedo: misiles interceptados sobre la mezquita de Al-Aqsa, drones abatidos cerca del Muro de las Lamentaciones, turistas que cancelan reservas y peregrinos que se replanean la Semana Santa. En ese tablero, vetar al máximo representante católico era un movida que olía a chamusquina política más que a protocolo antiterrorista. Y el daño colateral es una fotografía que ya no se borra: la llave del Santo Sepulcro, por primera vez, la manejó un primer ministro israelí. Que ahora dice devolverla, pero nadie olvida que la tuvo.
El patriarca Pizzaballa no ha hecho declaraciones. No las necesita. Su silencio del domingo, con el báculo en la mano y la puja cerrada delante, ha dicho más que cualquier homilía. En la Ciudad Santa las llaves no solo abren puertas: definen límites de fe, poder y sobrevivencia. Netanyahu ha aprendido esta semana que, a veces, una llave pequeña puede abrir un conflicto muy grande. Y que las puertas de la historia, una vez forzadas, chirrían durante siglos.