Netanyahu redibuja el mapa del sur del líbano: anexión encubierta o mera retórica de guerra
El sur del Líbano amanece hoy con nuevas lías rojas sobre su arena: Benjamín Netanyahu acaba de declarar que la «zona de seguridad» que Israel mantiene desde 1978 ya no le basta y ordena «ampliarla aún más». La frontera azul trazada por la ONU tiembla.
La promesa que nadie pidió
El primer ministro lo anunció este domingo ante sus ministros, sin fechar el inicio de la ofensiva terrestre ni precisar cuántos kilómetros adicionales pretende fagocitar. «Cambiar radicalmente la situación en el norte», proclamó, como si la guerra de Gaza no bastara para saciar la sed de amenaza permanente que alimenta su coalición.
Lo que Netanyahu llama «franja de seguridad» es, en la práctica, un cinturón de ocupación que ya se extiende entre cinco y siete kilómetros dentro del Líbano, según calcula el comando de UNIFIL. Ahora habla de empujar aún más el perímetro para que los misiles antitanque de Hezbolá no alcancen las casas de Metula o Shlomi.

El sur que ya no es sur
En los pueblos libaneses de Aita al-Shaab o Ramyah el desplazamiento es total. El 80 % de sus habitantes huyeron hacia Tiro o Beirut. Los que se quedan vigilan el cielo, no la carretera. «Aquí no hay frontera, solo huellas de tanques israelíes que vuelven cada diez años», me dijo hace un mes Ali Hamiyah, maestro de una escuela que ya es ruina.
El Ejército israelí ni confirma ni desmiente los movimientos de tropas, pero los drones de reconocimiento Elbit Hermes 900 sobrevuelan la zona 18 horas al día, según datos de aviación civil libanesa. La avionica es la antesala del ladrillo: primero se espía, luego se ocupa.
El precio de una promesa electoral
Netanyahu necesita apagar los fuegos que él mismo avivó. En Israel hay 96.000 evacuados del norte que exigen volver a sus casas antes de Pésaj. La presión interior es su termómetro: si no devuelve la calma, la ultraderecha lo devora. Por eso promete un «cambio radical» que, en el lenguaje de campaña, significa más uniformes en tierra extranjera y menos diálogo en la banda de Gaza que aún arde.
Washington, por boca del secretario Blinken, «observa con preocupación» pero no frena los cargamentos de JDAM que llegan a Base Nevatim. Europa, entre cumbres y declaraciones, apenas si consigue que el Consejo de Seguridad se reúna en 48 horas. Mientras tanto, el mapa se reescribe con tanques.
El líbano que se resquebraja
Beirut teme una doble crisis: una guerra abierta en el sur y el colapso económico si los bombardeos destruyen los oleoductos de Zahrani o la planta eléctrica de Jiyeh. El país ya alberga a 1,5 millones de refugiados sirios; no hay espacio para otro éxodo. La libra se hunde 1,5 % cada vez que suena una sirena en Naqoura.
Hezbolá, por su parte, responde con retórica de desgaste: promete «liberar la Galilee» y publica vídeos de sus misiles Raad-2 apuntando a Haifa. El juego es de espejos: cada amenaza israelí justifica una réplica chií, y viceversa. El círculo se cierra con campesinos libaneses y kibutzniks israelíes pagando el pato.
La frontera azul de la ONU se desvanece bajo las orugas. El sur del Líbano ya no es ni sur ni Líbano: es un anexo en disputa que Netanyahu promete ampliar sin fecha de retorno. La próxima vez que alguien trace un mapa, quizá deba usar lápiz… y mucha goma de borrar.
