Nicolás cabré se arrastra hasta la meta y desarma el relato del triunfo deportivo
Las zapatillas de Nicolás Cabré olían a cemento chamuscado cuando cruzó la línea de llegada del Ironman 70.3 San Juan. La medalla le colgaba del cuello como una losa y, aún así, sonreía. No era la sonrisa de quien gana, sino la de quien se salvó. Porque lo que nadie cuenta es que el actor más veloz de la televisión argentina llegó último a la meta de su propia historia.
El sol de san juan le puso un precio a cada paso
A las 7.12 del domingo, bajo 38 grados de sombra escasa, Cabré saltó al Dique Punta Negra entre 1.200 nadadores de 35 países. Nadó 1,9 km sin incidentes, pedaleó 90 km contra su propio silencio, pero fue en los 21 km de running donde su cuerpo le pidió la liquidación. “Explosión total”, escribió en Instagram. Empezó a trotar, caminó, volvió a trotar, volvió a caminar. Desde el kilómetro 2 la palabra “abandono” se le quedó grabada en la garganta.
Lo que lo sostuvo no fue la técnica ni la preparación: fue el nombre de su hija Rufina pintado en el cuadro de la bicicleta y la voz de Rocío Pardo gritándole desde la vereda: “¡Dale, Nico, no te metas en la cabeza!”. La gente de San Juan, que no paga entrada para animar, coreó “¡Vamos, actor!” como si fuera un DT de barrio. Y él, que alguna vez fue galán de prime time, se convirtió en ese personaje secundario que se niega a morir en la escena.
La crónica oficial dirá que terminó en 7 h 43 min, el peor registro de su vida. Pero la crónica real es otra: hace diez años Cabré fumaba dos atados diarios y correr 200 metros lo dejaba sin aliento. A los 37 arrancó para dejar el cigarrillo; a los 47 cruzó la meta de un medio Ironman arrastrando los pulmones y el ego. “Soy más corredor que actor”, me dijo en 2019. El domingo demostró que también es más sobreviviente que velocista.

La foto que resume una era
En la imagen que él mismo publicó se lo ve arrodillado, besando la medalla como quien besa el suelo después de un accidente. Detrás, el Teatro del Bicentenario parece un escenario vacío. No hay cámaras de canal 13, no hay guión, no hay bloque de comedia. Solo un hombre que le ganó al calor, al asfalto y a la tentación de subirse a un taxi en el kilómetro 18. La postal es la antítesis del deporte-espectáculo: cero glamour, cero sponsorship, puro latido.
El Ironman 70.3 San Juan 2026 ya tiene sus campeones oficiales: Pablo Bien y Clara Debiassi, dos desconocidos para la mayoría. Pero el nombre que se quedó en la boca de los sanjuaninos fue el del tipo que llegó caminando, abrazando desconocidos, sacándose selfies con la camisa empapada. Porque en la Argentina que se desmorona a pedazos, el gesto de Cabré funciona como una metáfora barata y certera: terminar como sea es también una forma de ganar.
Cuando le preguntaron si volvería a competir, respondió: “Recién mañana me levanto de la cama y veo”. La frase suena a guión de película de presupuesto bajo, pero es la única honesta después de 7 horas de horno. El domingo pasado Nicolás Cabré no venció al reloj; venció la urgencia de rendirse. Y esa, en el país que abandona todo, es la única victoria que nadie le puede discutir.