Once candidatos se miden en el debate que puede romper el tablero electoral
Lima amanece hoy con el sabor amargo del café recalentado y la expectativa de un país que quiere creer que algo puede cambiar. El martes 31 de marzo, once aspirantes a Palacio se sentarán en la misma mesa que ya condenó a otros a la irrelevancia. No hay escapatoria: serán tres horas de fuego cruzado sobre empleo, educación y tecnología, los tres puntos que la mayoría de los peruanos menciona cuando se levanta a las 5:00 a.m. para ver si el bolsillo resistirá otro día.
La mecánica es brutal. El Jurado Nacional de Elecciones (JNE) los ha metido en cuatro tandas temáticas y un bloque final de pregunta ciudadana. Nada de discursos de apertura. Cero comodines. En el aire flota la certeza de que, para varios de los nombres que hoy suenan en las encuestas, esta puede ser la última oportunidad de remontar antes de que el reloj les dé las doce.
El duelo que nadie quiere, pero todos necesitan
Keiko Fujimori entra al estudio con la certeza de quien ya perdió dos finales y no piensa regalar una tercera. A su izquierda estará Rafael López Aliaga, el alcalde que prometió “meter orden” y que ahora debe demostrar que su discurso de mano dura funciona también en economía. Junto a ellos, Vladimir Cerrón, el exgobernador que lleva en la solapa la etiqueta de “radical” y en la cartera un plan de nacionalización que asusta al empresariado. El trío forma un triángulo de fuego: libre mercado, fujimorismo clásico y estatismo puro. El moderador apenas cruce las piernas, saltarán las chispas.
Lo que nadie cuenta es que, detrás del escenario, los equipos técnicos ya repasaron los datos de la última encuesta de Datum: 42 % de peruanos cree que “cualquiera menos Castillo” es suficiente, pero solo 18 % confía en que los planes de empleo que prometen hoy se traduzcan en puestos de verdad antes de 2027. Ese es el abismo que los candidatos deben cruzar con palabras.

La noche en que la izquierda se juega la credibilidad
Mario Vizcarra, el ex rector que seduce al joven que se fue del país, compartirá micrófono con Roberto Sánchez, el ex ministro que firmó la reforma universitaria que ahora quiere derogar. Ambos saben que la pregunta sobre educación les llegará en formato de ataque: “¿Por qué, si ya tenían poder en el Congreso, no cambiaron nada?”. La respuesta tendrá que caber en 45 segundos, el tiempo que el productor destina a un spot publicitario. Error de cálculo y la frase se convertirá en meme antes de que termine el bloque.
En la esquina derecha del set, Mesías Guevara repite en voz baja la cifra que le dio su asesor: “7 de cada 10 jóvenes que estudian en universidades privadas pagan matrícula con crédito bancario”. Es su bala para explicar por qué propone que el Estado absorba el 30 % de la deuda estudiantil. La balanza está lista: si logra que el dato calle más que el apellido que arrastra, podría saltar de 4 % a 8 % de intención de voto en dos semanas. Si no, quedará sepultado bajo los titulares de la pelea Fujimori-López Aliaga.

El cierre que puede decidir una elección
El orden del mensaje final ya está escrito en el teleprómpter. Paul Jaimes, el ex congresista que nadie ubica fuera de Cajamarca, tendrá la última palabra. Su equipo cree que la estrategia del “outsider” aún funciona si logra que la cámara lo enfocen solo a él, sin cortes, mientras recita: “Ustedes no tienen por qué creer en mí, pero sí en ustedes mismos”. Es la frase que repitió en 2018 cuando casi llega a la alcaldía de Jaén. Esta vez la escena será nacional y, si el algoritmo de TikTok lo atrapa, podría sumar 300 000 votos de provincia en 72 horas.
La noche terminará cuando los candidatos se quiten los micrófonos y los asesores revisen el playback para contar cuántas veces dijeron “pueblo” y cuántas “modelo”. Afuera, en los taxis, los conductores cambiarán la radio para no escuchar el análisis. Quieren solo saber si alguien habló de bajar el precio del gas o subir el sueldo mínimo. La respuesta, si la hay, llegará en forma de meme al día siguiente. Mientras tanto, el reloj del JNE marca las 11:00 p.m. y el país vuelve a preguntarse, sin dramatismo, si alguien en ese escenario entiende que el voto del 2026 ya no se compra con promesas, sino con la certeza de que mañana el desayuno no será solo nostalgia.
