Pakistán bombardea kunar y suma 219 civiles muertos en la guerra que nadie frena

Asadabad amaneció con humo y gritos. Un proyectil paquistaní estalló en una casa ladrillo a ladrillo, dejó a una mujer calcinada y a dieciséis vecinos repartidos entre el hospital improvisado y la acera. Hamdullah Fitrat, portavoz del régimen talibán, lo denunció en X: «Otra vez, morteros sobre mujeres y niños». Llevan cinco semanas de fuego cruzado y ya hay 130.000 desplazados; la frontera, convertida en crematorio.

Una guerra que nadie pidió y todos niegan

Islamabad asegura que solo dispara a «terroristas»; Kabul, que solo devuelve «agresiones». Entre ambas versiones crece un cementerio de cifras. La ONU contabiliza 219 civiles muertos desde el 26 de febrero; los talibanes elevan la cifra a 400. Pakistán, por su parte, exhibe 641 milicianos afganos abatidos y calla sobre los granjeros que ya no recolectan. La Fundación Internacional de Derechos Humanos denuncia que los bombardeos han arrasado campos de trigo y viñedos, la economía de subsistencia de Kunar. La destrucción del año agrícola equivale a condenar al hambre a 70.000 personas antes de que caiga la primera nieve.

La UE ha tirado 250.000 euros a la herida: un vendaje para 70.000 afectados que, traducido a euros por cabeza, alcanza para tres barritas energéticas y un «ánimo». Mientras, Islamabad continúa su ofensiva aérea y los talibanes responden con drones iraníes comprados a crédito. El TTP —la sombra que Islamabad quiere borrar— cobra refugio en las montañas y el pueblo afgano paga el alquiler con cadáveres.

El paso de Torkham, arteria comercial entre Asia Central y el puerto de Karachi, lleva días cerrado. Camiones con mercancías valoradas en millones pudren bajo el sol; los precios del té, el aceite y las baterías para móviles se disparan en Kabul. Nadie habla de gasoductos ni de rutas de la seda: la prioridad es sobrevivir al siguiente misil.

Lo que nadie cuenta es que la guerra ya no es territorial; es demográfica. Cada cohete que cae expulsa a una aldea, vacía un aula, convierte a un joven en recluta. El ejército paquistaní bombardea hoy para evitar otro 9/11; los talibanes devuelven fuego para no parecer débiles ante su propia base tribal. Entre tanto, la región se vacía de futuro.

El silencio que lo financiará todo

El silencio que lo financiará todo

Washington mira hacia Ucrania, Bruselles hacia Gaza y Pekín calcula cuánto cobrará por cada dron talibán. Moscú, que antes vendía helicópteros a Kabul, ahora negocia con Islamabad rutas de escape para sus empresas. El mundo tiene otros focos; Afganistán y Pakistán tienen otros muertos. La partida de 250.000 euros de la UE no incluye ni un centavo para forenses: los cadáveres se entierran rápido, sin autopsia, sin registro. Es la forma más barata de hacer desaparecer la evidencia.

La cifra habla por sí sola: 219 civiles en 35 días. Si la cadencia se mantiene, para fin de año habrá mil muertos que nadie contará, porque las ONG serán expulsadas y los periodistas habrán agotado sus visados. Entonces, cuando las cámaras se hayen ido, la guerra volverá a ser un problema de mapas dibujados por colonias británicas en 1893 y de líneas que nadie se atrevió a borrar.

El último proyectil de la semana cayó anoche a las 23:47. Hoy, mientras escribo, Asadabad amanece otra vez con humo y gritos. La frontera sigue siendo un crematorio. Y la comunidad internacional, mientras, firma cheques de ayuda humanitaria que llegan tarde y alcanzan para poco. La guerra no va a parar; solo va a volverse invisible.