Panamá blinda la selva del darién contra el vih y la malaria con un pacto que llega tarde
El virus viaja en mochilas rotas y la malaria se arrastra entre los dedos de quienes cruzan el Darién. Ahora, Panamá ha firmado un acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones para frenar a tres enfermedades que encuentran en la movilidad humana su mejor aliado: el VIH, la tuberculosis y la malaria. El convenio, rubricado por el ministro de Salud Fernando Boyd Galindo y Idiam Osorio, representante de la OIM, promete kits de prevención, pruebas rápidas y hasta equipos portátiles de rayos X. Pero la pregunta que nadie se atreve a hacer en el Minsa es por qué tardaron tanto.
La selva que incubó una epidemia silenciosa
En los últimos cinco años, la selva del Darién dejó de ser solo un paso clandestino hacia el norte. Se convirtió en un laboratorio de enfermedades olvidadas. Los datos del propio Ministerio de Salud hablan claro: desde 1984 hasta diciembre de 2024, Panamá registró 43.111 casos de VIH/Sida, con más de 14.000 muertes. La tuberculosis, su compañera inseparable, sigue siendo la enfermedad oportunista que más golpea a quienes ya viven con el virus. Y la malaria, lejos de erradicarse, sumó 2.080 casos en lo que va de 2026, con 88 nuevos contagios en una sola semana.
El problema no es solo médico: es político. Las zonas de tránsito —Darién, Colón y Chiriquí— acumulan años de abandono. Allí, el sistema de salud pública colapsa bajo el peso de una movilidad que nadie supo prever. Los migrantes pasan semanas sin atención, hacinados en albergues improvisados, sin acceso a tratamientos que en cualquier capital del país son rutina. El acuerdo firmado ahora promete cambiar eso, pero lo hace cuando la crisis ya es crónica.

El dinero que llega cuando el daño ya está hecho
El proyecto está financiado por el Fondo Mundial, una caja de resonancia que muchos países miran con desconfianza. No porque el dinero no llegue, sino porque llega tarde. En Panamá, la meta 95-95-95 —diagnosticar, tratar y suprimir la carga viral del VIH en al menos el 95% de los casos— sigue siendo un espejismo en zonas de tránsito. La OIM ahora promete mosquiteros, medicamentos y educación en salud, pero no hay una sola línea en el convenio que hable de personal médico permanente ni de infraestructura sostenible.
La ironía es dolorosa: mientras Panamá firma acuerdos, Costa Rica y Guatemala —socios regionales del proyecto— ya tienen protocolos operativos desde hace años. La cooperación regional, que tanto se celebra en el comunicado oficial, es en realidad una admisión de que la migración no entiende de fronteras, pero las enfermedades tampoco. Y si el vecino del norte tiene mejor respuesta, el virus simplemente cruza el puente.
El cierre del convenio incluye una cifra que nadie celebró: en 2025, 409 migrantes murieron en las Américas, el número más bajo desde 2014. Pero la OIM advierte que esa cifra podría ser mayor: los reportes llegan tarde, las muertes se silencian, y los cuerpos que no se identifican no entran en las estadísticas. El acuerdo sanitario no habla de ellos. Solo de los que aún pueden ser salvados.
El mensaje es claro: Panamá reacciona cuando la selva ya tiene nombre de enfermedad. Y aunque los kits lleguen, los rayos X funcionen y los mosquiteros se desplieguen, hay una verdad que no figura en el contrato: la tuberculosis, el VIH y la malaria no esperan a que los políticos firmen. Ya están en la próxima caminata.