Panamá duerme tranquila: el dólar no se inmuta y el país apuesta a 2026 sin sobresaltos
El balboa y el dólar vuelven a cerrar la jornada en 1:1. Ninguna sorpresa. Ningún temblor. El tipo de cambio ni se inmuta: 0 % de variación, la misma paridad que mantiene a Panamá a flote desde hace 121 años. La monotonía es, paradójicamente, el mejor activo de una economía que ya sufrió la sequía, la suspensión de la mina de cobre y la bronca política, y aun así logró que sus bonos en dólares rindieran más del 24 % en 2025.
Skale no cree en los milagros, pero la cifra habla por sí sola: Panamá le ha ganado por goleada a Brasil, México y Colombia en rentabilidad de deuda. El truco no es magia; es la dolarización. Al eliminar el riesgo cambiario, el país se ahorra la volatilidad que lastima a sus vecinos. El costo: perder el timón monetario y depender de la Reserva Federal de EE.UU. La ganancia: proyectar un crecimiento del 4 % en 2026 sin tocar el tipo de cambio.
El precio de la paridad: menos margen para el error fiscal
La paridad blinda al consumidor panameño contra la inflación importada, pero expone al fisco. Si Washington sube tasas, el servicio de la deuda se encarece y Panamá no puede imprimir billetes para compensar. El déficit ya huele a quemado: la deuda pública trepó al 58 % del PIB y la calificadora Fitch pone lupa sobre cada nuevo préstamo. El gobierno de José Raúl Mulino tiene 18 meses para demostrar que puede recortar sin ahogar la inversión en el Canal y la logística.
El escenario externo, eso sí, juega a favor. El comercio mundial despega tras la guerra de precios entre China y EE.UU., y el canal recibe más transitos por la ruta Asia-Este de EE.UU. El problema es doméstico: la Corte Suprema debe decidir si mantiene o tumbas los contratos mineros que dejan miles de millones en regalías. Una sentencia adversa y el déficit fiscal podría saltar otro punto entero.

El fantasma del 'martinelli' y la moneda que nadie quiere
Mientras el dólar se mantiene sereno, el balboa físico sigue siendo el pariente pobre. La moneda de un balboa —la “martinelli”— sigue coleccionando polvo en cajones. En 2010 se acuñaron 40 millones de pieles plateadas; los panameños las miraron como si fueran fichas de póker y prefirieron el billete verde. El Banco Nacional nunca logró que el público aceptara ni siquiera las piezas de cinco balboas. Hoy solo circulan pesadas monedas de 50 centésimos, útiles para pagar el bus o un café.
La anécdota importa: Panamá es el único país de América Latina que no imprime billetes propios y, a la vez, el que mejor performance bursátil ofrece en dólares. La paridad no es solo norma contable; es símbolo de una nación que apostó a ser plataforma y no se arrepiente. El riesgo está en confundir estabilidad monetaria con estabilidad política. El próximo año hay elecciones municipales y la oposición crece al ritmo de los apagones en Colón. Si el ejecutivo no ataja la deuda, los inversores descontarán prima riesgo y el dólar, aunque siga valiendo un balboa, costará más en confianza.
Panamá llegó al cierre de marzo sin sobresaltos cambiarios. La paridad se sostiene, los bonos siguen pagando réditos jugosos y el Canal factura más que nunca. Pero la calma es una tregua, no un epílogo. El país tiene 24 meses para demostrar que puede crecer al 4 % sin que el déficit se lo trague. Si falla, el tipo de cambio seguirá inmóvil, pero la factura se la pasará al próximo gobierno.
